LA PIEDRA

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Nombre: Sergio Fong (editor cartonero)
Ubicación: Guanatos, Nayarit, Mexico

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jueves, abril 21, 2005

SEMANA SANTA

Ya pasaron muchos abriles, y no. La cicatriz está de mírame y no me toques: duele, sangra al borde del pavimento como llaga; como calle desanda de abajo-arriba y ahora como un suicidado del mundo forma parte del paisaje urbano. Soloiloco en un callejón desencajado del alma, tirando banqueta con sus fantasmas, con el espíritu nagualteca a flor de piel le ladra versos a la luna -de
día y de noche-. Por que las llecas no duermen, son el escenario de un chingo de lairas en extinción.
Al bato lo corretearon, lo azorrillaron y lo aperingaron: eran como doce o quince patrullas, unas de policía y otras de tránsito -nunca nadie tuvo la certeza-, llegaron a madres quemando llanta, con las torretas encendidas y las sirenas pegando alaridos, parecía una acción hollywoodesca, uno de esos programas baratos de tiras y delincuentes. Y es que el hom se la acababa de hacer gacha a un agente de transito. El compa iba en su ranfla, volando al ras del boulevard para que no se le enfriara el biscochito que traía arribederchi, y el agente se le cruzó en su Harley y lo paró en seco. El tira le pidió la licencia al valedor, que ni licencia, ni tarjeta de circulación traía, a puro verbo la quería librar, le decía: que lo dejara ir, que le diera la viada porque la urgencia era llegar al motel para ejecutar el mandato divino de amar a nuestros semejantes y que después, cualquier otro día, él se pondría amarillo. Pero sero, el pinche ruco se pusó más ajeroso: "Mira cabrón o te pones con una lana o pido la grúa para que se lleven el vehículo al corralón". El bato, de plano, lo mandó mucho a la quinta dimensión y se quiso trepar a la nave, donde estaba su chaparrita que parecía no darse color de lo que estaba sucediendo; ella estaba suspendida enchinándose las pestañas frente al retrovisor, el tira impidió que se subiera y empezaron a manotear, la situación se puso grave.
-¿Sabes qué? Dijo un güey que vende rosas en el crucero: nos putazos, se dieron unos putazos, el támaro no lo quería dejar ir, el bato se encabronó y se trenzaron bien y bonito.
-El hom lo bajó gacho -oí decir a uno de los changos que limpian parabrisas y observó toda la acción ciudadana con lujo de detalles-, el tránsito no le duró ni un round, me cai, a las primeras ya lo traía mordiendo el polvo. Y luego luego llegó una trulla de cuicos, y rápido, en lo que te lo cuento, se empezaron a escuchar sirenas y aparecían patrullas por todos lados, pero el compa se peló, corrió para [a]dentro del barrio.
-Por aquí pasó corriendo -dijo la doña de la tienda- yo creí que había robado o matado a alguien, eran muchas patrullas. Otros tiranos iban corriendo tras él, le gritaban que se parara o que le iban a tronar el cuete, pero ni madres, nomás le volaba el greñero, hasta que se le acabó la calle. Policarpios por todas partes y el compa empezó a tirar golpes a diestra y diestra por que con la otra se paraba los culatazos, macanazos y uno que otro patadón de los cerdos. Un cuico llegó y le echó gases lacrimógenos y ahí fue donde le tundieron machín. Don Beto, el paletero, me platicó que tiraba y tiraba chingadazos, patadas y mordidas, y en una de esas mordidas apañó la bota de uno de los sardos, no la soltaba, era un perro rabioso, sacaba espuma y sangre del hocico, el tira le daba con el tolete, tum tum -"suéltame hijo de tu pinche madre"- tum tum, y el compa ni madres que lo soltaba, entonces otro culero sacó un gancho, de esos con los que se cuelga la ropa y se lo metió en la boca y lo empezó a jalar del paladar, pero el bato no soltó prenda, hasta que trajeron un cuchillo y cortaron el cuero de la bota (el bato, bien acá, encabronadísimo, se tragó el pedazo de cuero). Luego otra bronca; porque no lo podían subir a una patrulla, no le podían poner las esposas, hasta que lo dejaron inconciente y lo ojetes todavía le iban poniendo una madriza. Sistemáticamente dándole su merecido, su dosis para tumbarlo del macho y que se aliviniara. Así, así se sentía él cuando en la cabeza todo era efervescencia política y las neuronas estallaban en microuniversos destellantes llenos de dicha y amor. Y de pronto todo el cosmos, el univers entero haciendo explosión en luces de color y música celestial.

Dijeron que estaba saico, que había perdido la razón, que no reconocía a nadie, disparado del alma y con arranques de paranoia.
A mi me vino a buscar la chaparra, andaba desesperada, tronándose los huesos de los dedos, quería que le hiciera un paro, porque se habían llevado a su charro al bote.
Me dijo que cuando iban al hotel un tránsito los detuvo, eso a Chuy no le pareció, discutió con el policía y se agarraron a golpes, después llegaron muchas patrullas y la bajaron del coche y una grúa se lo llevó, entonces se fue para su casa y la hermana de Chuy le avisó que lo habían aprehendido.
Nos arrancamos hacia la delegación pero ahí no estaba, dijo el tipo de la barandilla que se lo habían llevado al viejo hospital porque traía lesiones de segundo y tercer grado, entonces le dimos para el Hospital Civil, pero tampoco, ahí nos dijeron que llegó su papá con unos papeles del psiquiátrico y le dieron vuelo para el manicomio.
Esperamos el día de visita y fuimos a verlo, dice él que despertó y estaba atado a un camastro, enchufado a dos tripas, que luego llegó una enfermera con un bonche de aldoles y aquinetones. Ella fue la que le dijo dónde había aterrizado y en ese momento le empezó a ganar la risa, después lo dejaron salir al patio a cotorrear y allí estaban un resto de psiquiatrones y uno de ellos se le acercó y le preguntó: ¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas? Que le dijo: Jesús. Nos contó también, que el loquillo bajó la voz y le susurró: Yo soy Lucas, Señor. Y que le dio un gran recibimiento con un toque de hojas de pirul, después lo llevó de la mano a conocer las instalaciones del hospital y que le fue tirando el rollo de que él era el último que faltaba en todo el bandón, que ya habían apañado a todos los apóstoles.
Jesús estaba conteniendo la risa mientras me decía que el pinche Lucas le había mostrado un cuadro de la última cena en vivo y a todo color. Estaba bien pacheco, dijo que vio a todos los apóstoles sentados a la mesa, y antes de estallar en una carcajada, me gritó: "no mames cabrón, nomás faltaba yo".


Sergio FosEsng

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