Cita en el Parque
Cita en el Parque
Larissa
estaba llorando, gimiendo a mares con un fervor que me perforaba la carne y no
le creí.
No
me era falsa su historia sino la mía, me
era ajena y a la vez tan fraterna, habíamos tenido una relación vana en tiempos
difíciles; como cuando reposas con mucho tacto el barquito de papel sobre la
piel del agua y sabes que en cualquier momento se va a hundir. Éramos una
herida viva, demasiado viva en la agonía social: Donde no importa quién cae,
emigra o fallece y tu vacío muerde al otro aferrándose a la tabla de náufrago.
En medio de la nada, ¡no hay nada! Ni marcha atrás y para delante menos. Ningún
lugar es el mejor, sin siquiera preguntártelo: ¡Estas vivo y te chingas! No hay
de otra sopa, vivo en el volantín del alcol. ¡Torcido, porque a alguien le
debes o nomás no te toca, aunque te pongas! Y en algún momento después de toda
esa inmundicia sales a flote, contando los daños y esforzándote a respirar
fuera de la basura, tratando de olvidar, creyendo en pesadillas que ya fueron y
buscando extirpar de tu mente la ruina: borrar las imagines que te persiguen
como monstruos de la abstinencia, no hay rencor pero el dolor que te cuece el
alma aún persiste en la superficie.
La
vida suele ser cruel, culera a grados agudos, sin miramientos y entonces de
repente la ciudad es la película que ya viste y se repite. Estas sentado en una
banca de las del jardín de San Francisco, exhibiéndote en la galería de la
miseria, comiéndote un duro de harina que recogiste de uno de los botes de
basura; levantas la vista y allí esta ella: flaca como la parca, ojerosa y
jodida como un cruento ojete de hígado de borracho. Guachas el temblor huesudo
de su baisa extendida, pide cacharpa, algodón para seguir en ese estado
flotante de inser y muerte viva.
La reconozco
pero quiero obstruir mí cerebro, quiero ser otro pájaro en otro parque. Cualquier
otro árbol torcido. Quisiera que ella no me recuerde. Se acerca a mí, no tengo
ni un clavo para darle, cierra su pétrea mano como una tenaza y maldice muda,
acuchillándome con la mirada calcina, mis ojos y los suyos se encuentran y nuestras
almas se reconocen sin palabrear: en nosotros esta ese otro que tanto nos hace
falta.
-¿Gato?
Me pregunta con voz cavernosa.
-Larri,
le contesto haciéndole al pendejo, no te reconocía.
-Te
ves bien, lo dice con sarcasmo y agrega, ¿Muerto o vivo? Pero te ves bien. Yo,
yo me escape del albergue, hace poco, me tenían secuestrada, no me daban de
comer, no tenía ropa limpia, me bañaban a baldazos con agua fría y me
castigaban constantemente. Había muchos demonios gritándome todo el tiempo que
era una mala mujer, una mala madre, una mala hija, un desperdicio, un pedazo de
mierda. Mírame como estoy. Tú te ves bien ¿Vivo o muerto? Yo, yo ya no soy
bella, ni me parezco a ninguna dama, ni me siento mujer. Me madrearon los
ojetes, me dejaron sin dientes. Ellos decían que mi familia me tenía ahí porque
los avergonzaba, pero no era por eso, ellos quieren quitarme mi casa, mi
dinero, mis hijos porque yo no creo en Dios. ¡Dios! Dios ha de ser otro
borracho como tú, como yo, ¿Gato, dime, tú eres Dios? Yo estoy enferma, como
ellos dicen y me aturdían de día aullando como fieras que mi familia no me
quiere. “No te quieren, no te quieren no te quieren porque éstas loca, demente,
vieja loca demente”. Y todas las malditas noches, todas las malditas noches mientras
dormía me rezaban un rosario y coreaban letanías de difuntos como si me velaran
porque querían que me muriera. Los malvados me amarraban porque quería salirme
de ese sitio de tortura y me obligaban a hacer cosas que yo no quería. Tuve que
escapar, brincarme la barda, me rompí los huesos de la pierna izquierda y ahora
camino chueca, me corte con los vidrios del muro y se me abrió la panza; salte
al campo, todo estaba desierto, horrible. Camine entre la oscuridad; corrí,
gatee; pero no me morí, ¡pinches culeros! Salí a una carretera, me dijeron que
era Michoacán y una señora me trajo en su carro hasta Guadalajara y me dio dinero
para el camión, sé que me andan buscando y me quieren matar pero no me van a
encontrar.
Estaba
escuchando toda su historia y sabía que no me pertenecía, que aquel espectro no
era mío y sin embargo mi corazón tristeaba, la miraba con ahogo y me preguntaba.
¿Qué fue de mí sin ti, que fue de ti, de ti, de ti sin mí? Cero, no hay memoria
de cuando nos separamos, igual fue ayer, no sé cuándo nos perdimos.
Sentó
sus huesos junto a los míos y sacó de unas bolsas rebosantes de basura objetos
que parecían tesoros de otros tiempos entre garras, papeles y cajitas pequeñas muy
lindas. Abrió una de ellas y ahí estaba una joya, era un anillo dorado con una
piedra roja cristalina. Intento sacarle brillo ensalivándola y frotándola con
las yemas de sus dedos y en la tela de su chal, luego le echaba vapor con su
vaho pero no brillaba más. Lo colocó en el cuenco de su mano derecha y me lo
mostro con devoción, sus ojos se reflejaban en el espejo brumoso del anillo.
-¿Te
gusta? Me pregunto.
- Esta
chido, le dije.
-Te
lo regalo.
Me
quede dudando y ella lo regreso a una de las cajitas.
-¿Quieres
un trago? Me dijo mientras sacaba de entre su chingo de cosas una pachita de mezcal
a la micha y la abría.
Tome
la botella y le di un trago.
-Hasta
el fondo, me dijo y aleteaba su mano derecha tembleque sobre mi rostro mientras
me miraba con ojos de agonía y era terrible.
Lo
empuje todo y me levanté para despedirme.
-Gato,
me murmuro muy quedo y su voz se desquebrajó mientras desaparecía, Gato, no me
olvides.

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