AMORIR
AMORIR
Intempestiva, sin pensar en la frugalidad del avión, ahora fugaz en la memory. Yacíamos después de haber consumido nuestros sabores. El aullar de unos canes me despertó, la baraña estaba tembleque, agria. Me había quedado dormido después de haber sido uno en esa caja de silencio lúgubre. Habíamos brindando por el cumpleaños de Dionisia, festejamos su tercer aniversario. Para mí, Dionisia era la Dicha, el encuentro con su despertar sexual era mi fuga de la sociedad idiota. Su monomanía de sexo a morir me asfixiaba, me envolvía en la atmósfera psíquica del hedonismo. Su mundo aparte era maravilloso. La depravación que sólo existe en el recóndito inframundo del Ser, un pinche loco. La noche que la conocí, una voz venida de la esquizofrenia me repetía “¿Quién será esa ninfa de ebria belleza que baila descalza? ¿A dónde volará todas las noches? ¿A qué olerá su flor amorosa?”. Me quedé despierto, acechando hasta que todos los desarrapados de espíritu que la acompañaban se fueron extinguiendo. El alcohol se agotó y le sugerí pasar por algún aguaje para conseguir más bebida espirituosa; me concedió la petición y algo más, volamos río abajo. Fui presa de sus pasiones, la lujuria de la ninfa me llevó a conocer el mundo de los viles, la subterráquea vida de los suburbios, el averno y sus delirios.
6
No hubo alcoba perfumada, ni cama, petate o superficie algodonada, tampoco sábanas blancas ni cafecito en la mañana, sólo sexo y más sexo. Delirio fue su pureza, hasta que pude huir de sus garfios de ninfómana. Pasaron los días y hubo otro encuentro; me llevó a recorrer las llecas del alma. Noctívagos flotamos, bebiendo y atizando con la tripulación de la noche, el viaje fue oscuro y denso. Tuve que compartir con los buitres el amor de Dicha. Bajamos y subimos los días sin contarlos, el tiempo seguía su marcha al infinito. Miré el lastre de tantos inseres perdidos, hasta topar fondo, sin más voluntad que la locura o la muerte. ¡Salimos a flote! La vida siguió su cauce y nos reencontramos en el río, Dicha seguía bailando descalza, su belleza era una silueta trastocada en las bardas de la urbe por los faros de los autos, sucedía vertiginosa en la oscuridad, como graffiti fugaz, como un tatús acicalando la piel de la city. El carcomo de los años y el designio del alcohol ultrajaron a Dicha, su flor se fue marchitando y un día de agosto una ráfaga de muerte se la llevó. No hubo funeral, ni rezo, si acaso algún familiar pudo reconocer su fiambre y aquí la sembraron en esta fosa común. Ayer festejamos su tercer aniversario y me dijo con sus hebras de voz, “vamos por algún veneno para el espíritu”.

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