LA SINIESTRA
Lucha
abrió la puerta del departamento, estaba desdibujada, borrosa incluso la sentí abatida.
-Pasa,
pasa Gato, me convido a entrar y me pregunto en corto: -¿Buscas a Esteban?
Mi
respuesta fue obvia: -Claro.
Esteban
había quedado de pasar a mi casa para hablar sobre la venta de su departamento,
como no llegó, pensé que se podía rajar y dejarme colgado de la brocha, preferí
ir a buscarlo.
Le
comenté a Lucha, y le pregunté: ¿qué pasaría con Esteban?, para sondear un
poco.
-Salió
temprano al trabajo, de que fuera a ir contigo no me dijo nada. Eso lo expresó
como molesta, luego agregó ¿Quieres algo de beber? ¿Ya almorzaste?
-Ya
desayune, te agradezco un vaso de agua, por favor. Volteé a verla y tenía ese
tic tembloroso en la quijada. Oí el estruendo del cristal cuando se rompe.
Mientras
me traía el agua mirujié el departamento, alucinándome con la compra y
cubicando donde colocaría los muebles: la sala iba a ser mi estudio y uno de
los cuartos el laboratorio; el taller de taxidermia para trabajar sobre el
encogimiento de ciertos cadáveres de animales. En eso estaba cuando llamaron mi
atención unas Manchas
pequeñas de sangre en la pared muy cerca del zoclo, como un ligero riego, casi
imperceptible. Seguí con la mirada a Lucha y estaba sirviendo el agua con una
sola mano, le busque la otra, la izquierda; la tenía metida en la bolsa del
abrigo. Seguí observando el departamento
y vi unos borrones de sanguacha en el piso, eran marcas muy sutiles, como si
alguien las hubiera querido limpiar, el leve manchón llegaban a la recamara principal,
donde iba a meter una ring size, pero la puerta estaba cerrada. Lucha acercó el
vaso de agua y lo depositó en la mesa de centro. Se dio cuenta de mi falta de
discreción y dijo parcamente:
-“La
perrita anda en celo, ahora limpio”.
Apaño
un trapo de la cocina y con una sola mano paso la jerga por encima hasta que
desapareció la sangre. Me volteó a ver retadora como esperando alguna otra
cuestión. Mientras yo pensaba ¿Cuál perrita?, nunca le han gustado los
animales, ni disecados, me ahorre la pregunta.
Nos
quedamos mirándonos un instante a los ojos, yo sabía que estaba en crisis
porque sus labios temblaban sin control y no emitían palabras ni sonido alguno,
tampoco parpadeaba, era como una efigie, aunque su cuerpo estaba en total
descontrol. Temí que pudiera caer en un
ataque de nervios, tantos años bajo tratamiento psiquiátrico, había momentos en
que se desconectaba por completo.
-Quieres
sentarte, le dije señalando un sillón de la sala.
-No,
contestó de modo cortante.
Se
paró exactamente frente a mí, tome el vaso de agua y bebí, el agua estaba
dulce, demasiado azucarada y fría. Baje el vaso a la mesita y le pedí que me dejara
pasar al baño. No contestó pero entendí que podía hacerlo, tuve que bordearla,
casi hacerla a un lado, empujarla un poco, estaba allí inmóvil como la Esfinge de
Giza, pero trepidando con la mano izquierda en la bolsa del abrigo.
Antes
de entrar al baño me di cuenta que la perilla estaba embarrada de sangre, al entrar
y mirar el baño quise salir en chinga, pero soporte la repulsión; había sanguacha
por todos lados. Ya ni orine, no hice nada, miré el lavamanos y estaba
completamente teñido, respire profundo y salí fingiendo completa calma. Lucha
seguía de una sola pieza sin dejar de temblar y haciendo ruido con los dientes.
-Creo
que mejor me voy, le dije, luego busco a Esteban.
-Gato,
me dijo en seco, tú sabes que yo no quiero que Esteban venda nuestro
departamento, ¿Si lo sabes, no?
-No,
no lo sé, no lo sabía, me tengo que ir Lucha, dije precipitado.
Se
acercó para despedirse, yo abrí la puerta, ella extendió su mano, la izquierda,
la que había mantenido en la bolsa del abrigo.
Nos dijimos adiós.

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