EL GUAYABO DE DON RUTILIO
Lo primero que se le vino a la
mente fue llamarle a Lola, la mujerzuela con la que le ponía el cuerno a doña
Baudelia. Estaba hasta temblando de nervios, el teléfono timbró dos tres cuatro
veces y nada. “Contesta por favor Lola”, reclamaba la voz interna del Don,
pero el teléfono seguía sonando.
– ¡Chingada madre!, ahora que
hago, pinche Baudelia, ¿A que estará jugando, cada día está más loca, o ahora
si será de verdad su amenaza?
Lola salió del baño y miró en
la pantalla de su celular que tenía una llamada perdida. Carlitros, su amante, que
estaba en la cama relajado viendo una película en la telera le mencionó:
-Estaba timbrando tu teléfono amor, ha de ser
el pinche viejo arrastrado, seguramente ya leyó el letrerito que le mande.
-¿Cuál letrerito?, no vayas a
salir con una chingadera Carlos.
– Ja ja ja ja solamente, me estoy divirtiendo,
un sustito al hijo de su pinche madre que se está cogiendo a mi vieja.
– Ja ja ja ja, idiota pero
bien que te tragas todo lo que me da, ¿verdad? y ¿Qué tal la ropita?
-Déjame le saco un pedo, a la
mera hasta suelta un billete.
-Déjate de pendejadas cabrón,
le señalo Lola mientras se zafaba la toalla que traía enrollada en el cuerpo
para dejar las tetas al aire, luego se agachó para secar sus pies poniéndole a
Carlitos la flor enervante en los bigotes.
– ¡Umm que rica y deliciosa te huele tu
florecita amor!, le susurro al oído mientras la tomaba de la cintura para jalarla
hasta la cama, cayeron en clavado creando una pirueta de 3.5 grados de
dificultad, se besaron en el in pass volátil rosando sus sexos ardientes y
deseosos, rodaron entre las sábanas hediondas y el colchón viejo hasta que
Charly sintió por enésima ocasión el
filo del alambre de uno de los resortes calándole la nalga izquierda, pero en
esta maldita ocasión si grito de dolor. Lola se sacó de onda y se levantó de un
sólo tirón.
-¿Qué te pasó?
-¿Qué me pasó?, pinche colchón ora si se
vengó, se me enterró en el cachete izquierdo, dijo mientras se colocaba un
pedazo de la sábana para detener la sangre.
El teléfono de Lola volvió a
sonar. Le hizo la seña a Carlos de que
chitón para que se mantuviera cayado, no se fijó en la pantalla para ver quién
llamaba, cuando contestó: –Bueno, ¿Amorcito?,
se llevó una sorpresa.
-¿Amorcito? Hija de tu pinche madre, soy
Baudelia, la esposa de Rutilio, ya sé que le estas sacando dinero a mi marido,
vividora hija de la chingada, si te vuelves a meter con él te voy a matar.
Carlitos le decía en voz baja
a Lola que le pidiera para un colchón nuevo, pero Lola estaba sacadísima de
onda, no sabía que contestarle a la ruca, siempre la bateaba, sabia del juego y
de alguna forma era considerada pero ahora la agarro fuera de lugar, y se quedó
muda, volteaba a ver a Carlitos que con señas le decía que le pidiera varo y le
señalaba el colchón y luego volteaba a verse la nalga rajada. Cuando Lola
volvió en sí, Baudelia ya le había colgado. Y como para ella sola dijo: “Pinche
vieja culera, ya me tiene hasta la madre” Luego miró a Carlitros y le comentó
media desencajada, que era la vieja de Rutilio, me llamó para amenazarme otra
vez, está bien locuaz, pero ya me harte de seguirle su desmadre.
-¡Pasumauser! ¿’ora que vamos
hacer?, adiós al colchón, gruño Charlie.
-Me las va a pagar, pinche
vieja loca, vas a ver.
Le marco a Rutilio.
-Bueno Lola, contestó el
viejo, te llame porque algo anda mal, muy mal.
-Ruti necesitamos vernos, es
urgente.
–Si pero no vengas a mi despacho,
algo está mal, hoy me llego un anónimo, pero estoy casi seguro de que no es de
Baudelia, te veo en el Café La Rueda.
–Sí, en media hora, estaré
allí.
Carlitos, se puso en la puerta
del cuartucho para negarle el pasó a Lola y le dijo:
-Ya vas a ir a ver al ruco,
¡deja eso ya!, si la vieja está loca te puede chingar, una
vieja resentida es capaz de
todo, lo mejor es que no vayas y ya mandes a ese pinche viejo decrepito a la
verdolaga.
–Tú no tienes por qué meterte
en mi vida, todo lo que hay aquí es mío, yo me lo he ganado con el sudor de mis
nalgas, tu nomás eres mi querido, a la hora que yo quiera te mando a la
chingada, así que mientras vivas aquí, la que manda soy yo padrotito, si no te
late, ¡Pues como va! ¡A la chingada!
A Carlitos le salió lo cabrón y por esta vez
no quiso tragarse su orgullo, se hizo a un lado para que pasara la morra que salió como chispa a encender el
averno.
Rutilio tomó su bastón, se
puso su sombrero de ala del 5 y tomó las llaves del auto. Salió de su casa
rumbo al Varrio Xino.
Carlitos estaba enfurecido,
echando sus pocas garras en una mochila de campamento, mientras arrojaba todo
su encabronamiento y resentimiento contra su morra y el viejo. “Pinche par de
ojetes ojala y se pudran en el puto infierno”. Ya que tenía su bulto preparado
y estaba listo para salir, sacó una hoja 007 y empezó a madrear el colchón
maldiciendo a diestra y siniestra, una vez que se hartó de perforar y rasgar el
lecho de amor le vació una botella de thiner, antes de salir del cuchitril le arrojó un
cerillo para que ardiera todo el cuartucho de vecindad, aún no
llegaba a la puerta de la calle y las doñas que estaban en los lavaderos
empezaron a gritar: “¡Fuego, fuego!, fuego” Carlitos alcanzó a echar un último
vistazo mientras les rayaba su madre levantando el brazo y su corazón de caifán
se le rasgaba por los ojitos.
En el café La Rueda don
Rutilio le pedía a Lola que ya se olvidaran del amor. Él si se había
encariñado, a su ñora ni la tocaba, tenían 20 años sin dormir en la misma
habitación, si seguían juntos era por los hijos y la maldita costumbre
convertida en esa manía a ultranza de doña Baudelia de divertirse a placer; asustando
y desafanándole las novias a su marido,
una o dos, a veces tres por año, pero Lola se había estancado y además sabía
que la mantenía a ella y a su amante, dos de sus hijos la tenían informada, de
cuanto le daba, de donde y como se veían, todos sus movimientos los tenían
visualizados. Con Lola no podían, era más fuerte que todos, decidida, sin nada
que perder.
-Está bien Ruti, me iré lejos
de ti pero dame medio millón, ya no quiero saber nada de ti ni de tus hijos, ni
de tu mujer, estoy hasta la madre de sus juegos estúpidos, todos me llaman para
que te cuide, que te de tu medicina, que le siga el juego a Baudelia, que esto,
que aquello. Ya estoy hasta la madre, me voy a ir a vivir a otra ciudad. Rutilio, sacó la chequera y firmó un cheque
en blanco.
-Vete yo también estoy
cansado, ponle la cantidad que quieras.
Timbró el teléfono de Lola,
era doña Baudelia.
-¿Qué quiere?, vieja guanga.
-Ya sé dónde estás perra, estás
con mi marido en…
-Doña Baudelia, salga de donde
este, esto se acabó, yo me largo. Si no sale yo misma la voy a buscar y le voy
a poner una chinga, estoy hasta la madre de su jueguito de celos, de adúlteros
y señora resentida, esto se acabó.
La señora Baudelia salió de
atrás del chino barista, tenía una pequeña pistola calibre 22, sus manos
temblaban y se fue directo hacia Lola. Don Rutilio se levantó y la detuvo.
-Calma mujer, esto se acabó,
Lola ya está cansada, déjala que se vaya.
La morra se paró de su
asiento, todo el café se fastidio, los parroquianos se sacaron de onda con todo
el teatro, Lola tomó su bolso y el cheque, salió huyendo. Don Rutilio les dijo
a sus hijos que estaban entre el público observando el performance, que
llevaran a su madre a casa.
El viejo espero que se fueran
todos y pago la cuenta.
Mientras manejaba rumbo su
cantón a don Rutilio se le nublaba la vista, sentía hormigueos en sus piernas y
brazos, abría la boca como bacalao para jalar aire, sudaba en frío. En la mente
se le dibuja con mucha claridad la imagen del Guayabo que está en el patio
trasero de su residencia.

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