AZUL
La única neta eran ese
par de ojos claros de alucinante ternura.
Después del sexto día del accidente
me dieron de alta del Hospital Civil, había quedado conmocionado, con un brazo
quebrado en tres partes, una costilla lastimada y la noción perdida. Fui
compañero de sala del Redondo, quien al parecer quedo peor que yo. Él de a tiro
no había recobrado el conocimiento, no reaccionaba ni madres por el megamadrazo
que se dio en la tatema. Tuvieron que operarlo y reconstruirle parte del cráneo
con unas láminas de platino. Hubo desfile de médicos especialistas, enfermeras,
curas, santos, amigos, familiares y autoridades judiciales. Escuchaba entre
sueños y pequeñas vigilias que mi cuate estaba en Coma. A mí me cuestionaban
sobre lo sucedido, me fusilaban con mil preguntas, haciéndome dudar o queriendo
aclarar o dejar en el olvido el percance. De mi cuate el Flaco nadie mencionaba
nada. Esperaba verlo tendido en alguna cama. Saber, si ya lo habían dado de
alta o lo peor, si había muerto. Lo que podía recordar, se sumaba a la historia
como pedazos de chorizo. Íbamos a bordo de un Safari descapotable rumbo a
Cuisillos. Era martes, recibí la llamada del Redondo para hacerle un paro y
llevar a su hermano el Flaco a dar un paseo fuera de la urbe bizarra de
Guanatos. Cuántas veces lo planeamos al borde de una botella de tequila, ebrios
y agüitados por la suerte de su carnal, herido gravemente después del choque
contra una patrulla de tiras, una desgracia llena de tristura. Tenía más de año
y medio tirado en la cama, sin poderse recuperar a causa de un chingo de
lesiones, a mí y a otros cuates nos tocaba hacerla de enfermeros y avivarle la
laira, hacerle más llevadera su condición de enfermo en terapia de
rehabilitación. Informarle sobre lo que se sucedía en rededor del barrio y lo más
importante suministrarle su dosis de droga, para los dolores que lo
martirizaban, brindar con él con un rebote, un diazapan o una reina. Pasarse
las horas en la plática, tallando la mesa con la baraja o el domino, luego
despedirse para seguir la party, en cualquier otro lado. El
día del paseo, llegó sin esperarlo. Tembló el teléfono. Eran, serían como las
cinco sesenta de la madrugada, estaba crudo, aún pedormido. La voz del Redondo
se escuchó del otro lado del alambre: Broder necesito un paro, hazme esquina,
voy a ir a Cuisillos y quiero llevar al Flaco. Voy a ver a unos rancheros que
traen una bronca con un ganado que se está tragando sus pastizales. Estos vales
secuestraron cuatro vacas, para que el dueño se haga responsable, pero les
salió el tiro por detrás, ahora están en el botellón por abigeato y pos tengo
que ir a sacarlos”.
-“¿Y dónde entro yo, mi
Redondo?”, acicate en la modorra.
-“Quiero que mientras veo
la bronca legal, acompañes al Flaco para que no se aburra, ni se achicopale, ya
sabes por mi cuenta corren las chelas y el refín”.
-“¿Y cómo a qui’oras hay
que tenderse?”, inquirí con displicencia.
-“A las siete paso por tu
cantón”.
-“¡No pos, yasta!”,
asentí en buen plan.
Me incorporé de un salto
gatuno y ya estaba vestido, así que nomás me eché un baño vaquero y listones de
colores.
El Flaco -para hacer más
detallado el cruento- traía una sonda por la que orinaba y un par de muletas
con las que a duras penas se movía, aún con ayuda. Nos saludamos y abordé la nave.
Le digo al Flaco, "ora sí se te va hacer ver monte, hierbazal y uno que
otro güey". Me sonrió y me dijo con los ojos, que ya era tiempo de
despegarse del camastro. En dos tres movimientos, ya habíamos
adquirido unas birrias, tabacos y hasta botana para hacer más corto el viaje a Cuisillos,
agarramos rumbo carretera a Vallarta. Llegamos al pueblo alrededor de las ocho
ochenta, con un perral de escolta, el sol de frente y el aire dándonos la
bienvenida en holandas de olores y sabores pueblerinos. Nos parkeamos en un corral,
pegado a la casa de uno de los robaganado, salió una ñora, en bata de dormir, semitransparente,
semiflotando en medio de un halo de moscas verdes y zumbonas, nos invitó a
pasar y a desayunar huevos rancheros, chilaquiles and frijoles refritos, del
chile de molcajete ni hablar, de las tortillas recién hechas a manopla, menos.
Mientras fueron a dar aviso a don Felipe, y
a los otros hombres; de que el aboganster ya estaba en el pueblo. Llegaron los rancheros
bien armados con machete en mano y unos pomos de tequila, luego luego sin decir
masque lo que ya sabíamos, sirvieron unos dedos de espíritu y saludamos, para
no desairar. El Redondo muy en su papel de jurista, tramó junto con los amigos
de los incautados la manera en
que iba a proceder, por medio de un amparo, para exigir la inmediata libertad
de los susodichos. Se marcharon convencidos y dispuestos a lo que fuera. El Flaco,
don Felipe y yo nos quedamos a la espera, entonces se me multiplicaron las
tareas, pos aparte de cuidar a mi compa lisiado tenía que velar por las boyas de
agave, que habían dejado sobre la mesita de centro y chingarme todo el choro de
don Felipe que hablaba nervioso y con coraje por el desmadre que había armado
la clica vacuna, desde luego sin dejar de copetear los caballitos. Como a la
mitad de la segunda botella llegaron los hombres con todo y los expresidiarios,
El Redondo ya había ganado el primer tiro, ahora seguía denunciar al dueño de
las reses, para que pagara la cerca que habían roto y el pastizal del cual habían
degustado las señoras vacas. El pleito estaba café porque el propietario del
rebaño vacuno era primo hermano del presidente municipal y pos no iba a estar fácil,
edá? De modo que mientras acabábamos con el bastimento armaron una estrategia,
para ganarle la bronca. Uno de los ex convictos no se cansaba de agradecer al abogado su liberación
y se esmeraba en atenciones. Nos invitó a comer a su ranchito, nos sirvieron
mole de guajolote and sopa de arroz. Cuando nos despedimos, el chuntaro se
aferró a que el ‘Lic’ se trajera un marrano en agradecimiento.
-“¿Y dónde me lo llevo?”.
Dijo, el abogado controvertido.
-“No se apure Licenciado,
nosotros lo amarramos y se lo echamos atrás del carrito”, aseveró el mentado Hermenegildo.
El redondo con la mirada buscó mi aprobación, preguntándome, si nos echábamos
ese trompo a la uña, se me hizo fácil, yo ya estaba poseído por Mayahuel y
antes que la duda me invadiera, oí que dijo: “va que se lo traigan”. El
Cuatrero le gritó a uno de sus peones: “tráiganse al Azul”. Pinche puerco a simple
vista, sin conocer de chanchos, calculé: ha de pesar como unos 120 kilos el
cabrón. Mientras trataba de sopesar si eran 150 o más kilates, ya lo tenían amarrado
de la cuatros pesuñas. Entre dos peones y un alfil lo carrucharon en el asiento
de atrás, dejando un hueco donde yo iría custodiando al Azul. ¡Ya que!. Trepamos
al Flaco con más cuidados que al cochino al safari, el Redondo se despidió, con
la promesa de volver en tres días para continuar con el litigio. Ya abordo del
auto agarramos viada para Guanatos, veníamos encandilados, semifusos y muy
güirigüiris. El Flaco se sentía de pocas madres, le había sentado bien salir de
su claustro, comentaba muy felipe y con tenis que eso era lo que necesitaba
para sanar más rápido. El Redondo hacía cuentas alegres, hablaba de la suerte
del Azul, sin darse color de que el puerco lo escuchaba con atención y sacado
de onda. Yo estaba intentando no enfocar mi atención en ningún punto, era
necesario lograr detener el dialogo interno. El Redondo no dejaba de
alucinarse, menos se daba cuenta que Azul era el único que no compartía nuestra
alegría. El Cuino iba muy incomodo, gritándome su inocencia. El Flaco miraba
los azules grises que pardeaban el paisaje y gritaba que todo estaba chingón.
Volteaba de vez en vez compartiendo un poco, no mucho, su preocupación por el
marrano que se retorcía en su
animalidad. Con señas le hacía el iris de que no había bronca, que todo estaba
bajo control. Pero Azul no aceptaba su sino, era un cerdo con dignidad y su
fuerza no menguaba, al contrario cada vez parecía que su porcandad se alteraba
maldiciendo su condición denigrante. Me pareció que le interesaba una tregua,
armar una mesa de dialogo, llegar a un convenio. Con sus ojos de puerco azul me
pedía clemencia. Yo trataba de no caer en sentimentalismos, le daba palmaditas
en la cabeza, para que no se agüitara. El Flaco empezó a tirar adrenalina,
decía que el chancho se estaba desamarrando, sentía que si se desataba podría caerle
encima. El redondo seguía sacando cuentas entre manteca, chicharrones, carnitas
y curtidos. Yo seguía parando el dialogo interior y deteniendo el mundo,
tratando de no enfocar ningún objetivo, que pudiera influir en mi importancia personal
o moviera mi punto de encaje. Pero todo se vino en chinga. El Redondo grito:
“¡agárrense!”. Del otro lado de la carretera, por el mismo carril que transitábamos
venía un camión Flecha Amarilla, ¡a madres!, no había tiempo de detener la
carcacha, el Redondo viró en centrípeta y se salió de la cinta asfáltica, el
safari se sacudió bien culero, en una especie de vibrato tenso, sin dejar de
girar, arrojándonos a una barranca, vidié en cinemascope nuestros cuerpos salir
volando del safari, trate de quedarme suspendido en el aire, pensando que un segundo
podría ser la eternidad, pero cero después de volar rodé, junto con el Safari,
Azul y el Redondo. Al Flaco ya no lo miré. En el hospital tampoco lo he visto y
nadie me pregunta por él. El Redondo, no ha regresado de su viaje a
Coma-titlán.
Mi padre llegó por mí,
con unos papeles en la mano y una bolsa de plástico con mi ropa. Pude caminar aunque
me sentí mareado, navegue por los pasillos, deseando que me diera la luz del
sol, el aire de la calle me abrió los pulmones. Nos subimos al auto, y le pregunte
a mi jefe si sabía algo del Flaco, “nada”, me contestó. Le pedí que me llevara
a su casa. En la cochera está el safari hecho un acordeón. Pasamos a la casa,
el papá del Flaco y del Redondo estaba en la tristura, le pregunte por el
Flaco, “nada, no sabemos nada” me dijo, ocultando su dolor. Nos
despedimos, y antes de cruzar la puerta escuche un bramido de cerdo, era Azul,
seguro me presintió, quise verlo. El papá de mis amigos me acompañó al patio,
ahí estaba.
Tenía esa alucinante
ternura en sus ojos claros.

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