AL BORDERLINE DE LA CARRETERA
AL maestro Rochi (Manuel Sandoval)
El viaje de retorno a la
Laguna de Santa María del Oro no había tenido contratiempos, todo había sido
ranita, sin broncas. En la pantalla del horizonte el ojo del azul del cielo se
cerró tan íntimo para el amor que ni los ciegos pudieron verlo.
Mad detuvo el auto al
borde de la carretera para estirar un poco sus extremidades inferiores, echar
una meada y dar unos pasos sobre el lomo del planeta. Saco una cápsula de humo
e inhalo todo su contenido, lleno sus pulmones y, elevándose, giró sobre el
entorno.
Tus pequeños párpados
besaron el silencio del paisaje y tu minúscula voz acaricio la oscuridad con el
halo de tu presencia. Mad encendió su percepción y tuvo la sensación de tu
encuentro. Recordó un hada de los cuentos infantiles, mientras posaba la mirada
en ti, llegaron a él como un carro del tiempo un chingo de imágenes de su
niñez. Observó el interior de su espíritu, en retrospectiva, la película de su
vida.
Mad te juró mientras
cerraba los ojos y apretaba los dientes: “Luciérnaga, eres la mujer de mi vida,
te conozco desde niño”.
Tu corazón de ninfa se
estremeció por primera vez. No pudiste revelar tu secreto y decirle que
desciendes de la hendidura de la sierra, del tajo donde el fuego del infierno
eleva los seres más hermosos a la superficie terráquea. Te callaste que
enamorarse de ti es una maldición y que solo una vez podrá enervarse de tu
sangre; porque por primera vez te entregarías y él sería feliz pero su alma
sufrirá toda la eternidad.
Mad no reaccionaba,
estaba eclipsado. La realidad lo sorprendió cabrón, no podía creerlo, soñaba
despierto o qué chingados estaba pasando. Su mente no lo engañaba tu hermosura
estaba ante él, desnuda de pies a cabeza. Su aleación desquebrajo el cielo, sus
cuerpos relampagueban surcando la noche y en ese instante vino un estruendo que
conmovió el universo. La bola volvió a girar y el sol naciente iluminó el
planeta.
Mad retornó del viaje y su
olfato atrapó el casi inadvertido aroma de tu exquisita flor, el néctar de tu
cuerpo quedó impregnado en su ser, pero tú ya no estabas.
Desplegaste sin sentir el
aletear de tus pestañas como suave holanda y dejaste un leve resplandor para
renacer en otro tiempo.

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