MOTIVACION ANTIPERSONAL
La noche.
La negra noche cubrió
con su manto lleno de estrellas la situación polifacética de los seres que se
desplayan por las vísceras de la city.
La conjetura astral vino como
el vicio a la necesidad:
-Carnalita, carnalita, a estas
horas de la vida, usted puede hacer lo que le de su chingada gana.
A La Maye la conocí bien
morrito, era un niño vicicleta que jugaba a inflar globos y a amasar mundos de
chemostil. El alucín estaba lleno de amor, más allá del bien y del mal.
La ruta del cantón me conducía
por la avenida de la casualidad y casi siempre me la encontraba en el crucero
de Ávila Camacho y Mezquitán taloneando una plata.
-¿Qué onda compita?,
aliviáname.
Era una chavita que se había convertido
en mujer araña por desobedecer a sus jefes, tenía 18 abriles, y como ya no la
exhibían en la carpa de la feria, andaba vendiendo su alma al démon por unos
morlacos.
-Como que aliviáname, pus si
andamos iguanas.
-Dame un baño de tonsol.
Simón, dijo La Chuya que era
su escudera y le jugaba a la gravitación universal como un péndulo humano, en
la órbita de su pacheca realité.
-Carnal no hemos tragado nada.
-Tú, pinche Chuya deberías de
hacerte un paro, y hacerle un paro a tu morrito, ¿que no?
-A mi morrito ya se lo
llevó pifas brodita, por eso estoy triste.
Entonces se me cerró el
hocico herméticamente y comenzamos a rolar los tres de un lado pa'otro.
La Maye nos llevó a su
casa, ¿casa?, casa tienen los perros, esa madre era un agujero, una pocilga
demasiado culera, que se encontraba geográficamente situada en el terruño mejor
conocido como el Cagadero de Drácula. El ambiente natural era asfixiante, golía
a rata muerta, de hace dos o tres días, a jiña de bebé por todo el cuchitril y
la humedad calaba la médula de los huesos, me cai. La pestilencia se fue
haciendo soportable después de un rato de inhalar toncho.
La marea era multiagradable
para nuestros espíritus volátiles. Luego me dijo con sus ojos de agua:
"estos son mis hijos" o me dijo: "estos son mis motivos" -
nel, eso es de una película-.
La Chuya después de estar
pegada a la barda de adobe, como una lapa, se dejó caer al piso de tierra
en una esquina del chiquero. Balbuceaba, arrastrando las palabras, haciendo uso
del micrófono -mona de tomy-: "Pon el caset de los doors, pon a los doors,
a los doors a los doors alosdoors alosdoors alosdoors..."
María Elena absorbía la mona
llena de activo y luego se la ponía al más morrito de sus críos, como de unos
siete meses, que estaba tirado en una caja de jabón Roma con el pico abierto,
luego le decía al más grandecito, como de unos dos años: "ándelemijopóngaleasucena" y le arrimaba el trapito y el chavalillo
se le pegaba como un becerrito a la ubre de la vaca.
.-Pinche Maye, no les des esa
madre.
-¿Pos cómo quieres que les
llene la panza?
"Pongan
a los doors, pongan a los doors, a los doors, a losdoors, alosdoors, alosdoors
los doors losdoors alosdoors..."
- "Ya cállate pinche
Chuya, ya cállate pinche Chuya, ya cállate pinche Chuya, ya cállate pin che
Chuya..."
Yo estaba clavado en que el
toncho debería de ser nombrado la octava maravilla del mundo, en eso que abren
la puerta a patadones. Era Doña Sebastiana y unos tiranitos -pinches chotas
estaban bien chiquitos como soldaditos de juguete-.
"Esa, esa es la madre
desnaturalizada", gritó Doña Sebas señalando a La Maye con el dedo,
mientras rebotaba el eco en las paredes: es la madre desnaturalizada, madre
desnaturalizada, desnaturalizada, desnaturalizada, desnaturalizada. Los perros azules
se arrojaron sobre la humanidad de La Maye y yo me esfumé, o conté hasta tres,
troné los dedos y como David Copperfield, o me lo platicaron, o lo soñé o lo
leí en la nota roja, o lo ví en una película. El pedo es que ahora que me llega
el recuerdo, me pongo nostálgico, se me eriza la piel, me brinca la carne, y
rebotan en mi tatema los gritos desesperados de La Maye, cuando la soltaron y
no encontró a sus pájaros en el nido.
¡Maldita sea!

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