EXPLOSIÓN DILETANTE
La enfermera en palidez neuronal, víctima de un shock apagó
la luz de la habitación, y su blanca imagen se fue difuminando como el blanco
tapiz o la hostil blancura del vitropiso que destella pulcritud.
La azafata del dolor había dejado enchufado a J. C. a la
tripa del suero analgésico, para borrar la estupefacción causada por ingerir
píldoras blancas y jarabes azules. Nada parecido al desorden de imágenes
granjeadas por un sentimiento de abstinencia; o lo que podría ser peor, aullar
como perro para conseguir una dosis de la última botella de delirium
tremens.
J. C. estaba conectado a una escasa felicidad de riego por
goteo continuo. El suplicio era bombear las arterias bloqueadas y dejar de
sentir entre sus venas una especie de embotellamiento a las dos de la tarde. La
globulosa simplemente no transitaba y la circulación estaba en una crisis
extrema.
J. C. detestaba los hospitales, su inmenso silencio
inmaculado, pero su mayor aliciente era recibir la sustancia etílica que
goteaba junto al suero destapacaños: como un pequeño beso de princesa al borde
de los labios agrietados, lo cual le permitía aflorar una sonrisa desquebrajada
y cuantimás maniaca.
Le dolía sonreír.
Se incorporó pedazo a pedazo y de un salto gatuno arrancó la
tripa del antebrazo, un micro-geiser de sanguacha elevó su efímera felicidad,
hasta manchar esta hoja de papel sobre la que escribo, con su tinta negra. Su
corazón henchido vitoreo la dicha de seguir con vida.
Rompió con sus dientes el plástico que contenía el suero y
desesperado mamó para salvar su desierto. Como pudo arrastró su fiambre y asomó
su cabeza por una ventana del balcón.
La calle sacudía su cabellera de agua, su cuerpo
arquitectónico formaba una estructura perfecta. Los rostros se iluminaban al
sincopa de un sax bajo la lluvia. La criatura de luz emergió de la piel del
pavimento. Su desnudez se deslizó como humedad por los muros de cantera y una
delicada membrana palpitaba apenas entre el ansia de J. C. y la esencia de la
noche.
J. C. se estremeció como gato erizado cuando escuchó el
taconeo de la luna subiendo las escaleras.
Un in pass eterno... Exacerbó su hígado. La habitación se
encendió por debajo de la puerta, J. C. bebió su último residuo de elixir. La
puerta se cimbraba con los latidos de su corazón, el cuarto, el edificio, la
calle... la ciudad entera se inflaba como un sapo palpitante. La luna
resplandeciente cubrió la oscuridad apoderándose de la habitación por
completo.
J. C. destelló como una chicharra hasta explotar en un
relámpago.

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