LA PIEDRA

cero descripción

Nombre: Sergio Fong (editor cartonero)
Ubicación: Guanatos, Nayarit, Mexico

compra y venta de libros de artes y literatura, radio por internet, editoriales cartoneras,ediciones de autor, talleres cartoneros y cursos de cuento

domingo, febrero 06, 2005

NOTA VERDE (poesía)


Desde la locura de esta abominable especie
Maltrecho de dolor
Atestiguo:
Que los proyectiles que perpetraron la humanidad de la Lucrecia 
No pudieron con ella
Que no fue la pistola que disparó las balas
Ni el dedo que apretó el gatillo
Ni el tipo que la miró con ojos fieros
Ni la velocidad de la muerte que perforó sus tibias carnes
Ni la oscuridad de la calle
Ni la derruida banqueta
Ni los celos
Ni su condición de amante infiel.
Fue la cámara del reportero gráfico
Que disparó certera contra su cadáver insepulto
Ebrio en la banqueta

miércoles, febrero 02, 2005

EL OTRO CAVERNARIO GALINDO

Siempre fue un bato gandalla, acelerino y pasado de veras, tiro por viaje le ponían sus madrizas, por cierto en una de esas zapaterías le vaciaron el ojo izquierdo, y dicen algunos de sus cuates que con el derecho nomás miraba el bulto, de modo que vivía en el país de las sombras y a eso también le sacaba provecho.
El Gal se convirtió en un personaje de Guanatos, su presencia iluminaba las calles de la ciudad por las que su facha cavernaria se paseaba. Siempre donde te lo topabas había algodón: algún churro, una caguama o un pistolazo. Su condición de vago profesional la tomaba muy de neta, era consecuente y agüevo le caía en la punta a dos tres, poca raza lo toleraba, casi siempre le daban pa’tras. Y el bato era aperrado, era difícil desafanarlo, había que convenir, sacarlo a empujones, rolarle unas chelas o ponerse un putazos.
Una tarde de diciembre ya entrado el frijolito celebramos el tercer aniversario del afamado tianguis contra anti retro cultural de Guanatos y después del gran show, la música, la tequila de Arandas y la botana, como a eso de las ocho noventa o diez de la noche la raza empezó a retirarse, el borlo termino con saldo blanco, pero quedaban algunos pomos a medio morir, el Galindo me propuso pistearnos esas colitas de en el jardín de San Felipe, frente a la Casa de los Perros (don Fabio, en su honor), pronto dimos cuenta de las misma y hasta el chamuco les sacamos.
La peda no podía quedar a medias, la ciudad flotaba como un barco y su corazón de putana palpitaba impertinente. Ahora sí con el alma a media calle el Gal me invitó a seguir ingiriendo a costillas de un grupo de poetas que se reunían en la casa de las palabras para festejar eso: que las palabras ya tenían casa y ni renta pagaban. Nos tendimos en hot como pájaros tambaleantes, la ciudad terminaba de ponerse su vestido de lentejuelas y de untarse ese perfume de gardenias. Las calles borrachas y los edificios chuecos brotaban al arrebol zizagueante del par de briagos. Cuando llegamos al evento las lecturas de poesía de los invitados habían pasado a la historia, ahora los amantes de esta señora brindaban con un tequila de sangre azul y comían exquisitos ágapes. Como una aparición llegó un mesero cargando una charola de pistos hasta nosotros, el Gal, aunque cegatón apañó un par de tequilas, yo iguanas ranas. De inmediato fuimos interceptados por uno de los anfitriones que ya conocía al Galindo, le dijo –o nos dijo- con el debido respeto , que merece la indumentaria, que nos comportáramos a la altura o se verían obligados a echarnos del templo de la palabra. No teníamos ni veinte minutos cuando el Cavernario se sacó el miembro activo y empezó a tirar el agua a diestra y siniestra, gritando que los iba a orinar a todos con su orines. Los meseros y otro chingo de raza lo empezaron a empujar a la salida y solo por solidaridad salinista quise interpelar por mi compa, pero también fui arrojado a la vía pública. La puerta de cristal la cerraron en chinga, el Gal intentaba ponerse de pie con ayuda de su bastón, gritando que le abrieran y lo dejara entrar, lo cual se veía negro, imposible, de modo que ya encabronado me pidió que le diera una piedra , se la puse en la mano. El Galindo la sopesa y la arroja contra la puerta pero no le atino, me pide otra, pero esta vez me dice que le ayude a afinar su puntería ciega, entonces le colocó la roca en la mano y como si fuera una catapulta tomo su brazo, mido distancia y sale el proyectil disparado. Y ¡Saz! O ¡Crasch! La piedra rompe un cristal. De adentro de la cueva de los bardos nadie sale ¿pa qué? Ni siquiera se asoman, pero de la densa bruma emerge una patrulla, nos ponen contra la pader, el Cavernario alega que esta ciego, los tiras lo apartan y le dicen que se retire, que se vaya a su casa, a mí me esposan y me trepan a la patrulla por vandalismo y daños a la propiedad privada.

Sergio Fong