EL DÍA QUE MURIÓ MARÍA FÉLIX
Pedro estaba muy triste, más triste que un payaso.
El día le amaneció erizo, los ciento veinte centímetros de intestinos le ladraban de jaria, se había quedado jetón sin haber cenado, de a tiro no traía nada en la panza.
Sintió el gruñido de sus tripas, se andaba autotragando. Ese rugir del motor visceral fue lo que lo puso de pie.
Divagaba por la calle, casi a oscuras, llevando las manos en los bolsillos del pantalón, caminaba jorobado; amarrado al frío seco del amanecer adherido a sus garras, le ardían los ojos y aún resoplaba por sus fosas nasales ese olor acre a llanta quemada, su buchaca exhalaba un leve hedor putrefacto a alcantarilla.
Pedro nunca se dio por enterado de su muerte, sólo transitaba entre la multitud de sombras; la luna amanecida lo seguía como un globo sobre su cadáver, la ciudad ploma abrió sus fauces. Detuvo sus pasos en el crucero, ahí estaban sus cuates dándole duro a los parabrisas, arrojando bocanadas de lumbre y acostándose sobre cristales, se arrimó para recoger alguna migaja de pan y los restos de algún chesco babadrink. El flaco que estaba dormido sobre unos periódicos le tiro de patadas creyendo que era un perro, -“ora pinche flacuras, ¿posqué estás soñando?”, le reclamó Pedro. El flaco contestó malhumorado: “Pensé que eras un perro y me querías tragar”. –“Perro no come perro” dijo Pedro mientras se enjugaba la agûita de los ojos.
Al flaco lo despertó el trajín de la urbe, y pronto la Negra le dió la mala nueva, le informó que Pedro había chupado faros, su cadáver quedo orillado al camellón, el cuerpo sin vida estaba hinchado boca arriba a punto de estallar, tenía un hilillo de sangre en la boca.
Entre la Negra y el Flaco le quitaron los tenis y lo echaron en un costal.
Ahora sólo esperarían que pasara el carretón de la basura.
El día le amaneció erizo, los ciento veinte centímetros de intestinos le ladraban de jaria, se había quedado jetón sin haber cenado, de a tiro no traía nada en la panza.
Sintió el gruñido de sus tripas, se andaba autotragando. Ese rugir del motor visceral fue lo que lo puso de pie.
Divagaba por la calle, casi a oscuras, llevando las manos en los bolsillos del pantalón, caminaba jorobado; amarrado al frío seco del amanecer adherido a sus garras, le ardían los ojos y aún resoplaba por sus fosas nasales ese olor acre a llanta quemada, su buchaca exhalaba un leve hedor putrefacto a alcantarilla.
Pedro nunca se dio por enterado de su muerte, sólo transitaba entre la multitud de sombras; la luna amanecida lo seguía como un globo sobre su cadáver, la ciudad ploma abrió sus fauces. Detuvo sus pasos en el crucero, ahí estaban sus cuates dándole duro a los parabrisas, arrojando bocanadas de lumbre y acostándose sobre cristales, se arrimó para recoger alguna migaja de pan y los restos de algún chesco babadrink. El flaco que estaba dormido sobre unos periódicos le tiro de patadas creyendo que era un perro, -“ora pinche flacuras, ¿posqué estás soñando?”, le reclamó Pedro. El flaco contestó malhumorado: “Pensé que eras un perro y me querías tragar”. –“Perro no come perro” dijo Pedro mientras se enjugaba la agûita de los ojos.
Al flaco lo despertó el trajín de la urbe, y pronto la Negra le dió la mala nueva, le informó que Pedro había chupado faros, su cadáver quedo orillado al camellón, el cuerpo sin vida estaba hinchado boca arriba a punto de estallar, tenía un hilillo de sangre en la boca.
Entre la Negra y el Flaco le quitaron los tenis y lo echaron en un costal.
Ahora sólo esperarían que pasara el carretón de la basura.
