LA PIEDRA

cero descripción

Nombre: Sergio Fong (editor cartonero)
Ubicación: Guanatos, Nayarit, Mexico

compra y venta de libros de artes y literatura, radio por internet, editoriales cartoneras,ediciones de autor, talleres cartoneros y cursos de cuento

jueves, abril 16, 2020

EXPLOSIÓN DILETANTE



La enfermera en palidez neuronal, víctima de un shock apagó la luz de la habitación, y su blanca imagen se fue difuminando como el blanco tapiz o la hostil blancura del vitropiso que destella pulcritud. 

La azafata del dolor había dejado enchufado a J. C. a la tripa del suero analgésico, para borrar la estupefacción causada por ingerir píldoras blancas y jarabes azules. Nada parecido al desorden de imágenes granjeadas por un sentimiento de abstinencia; o lo que podría ser peor, aullar como perro para conseguir una dosis de la última botella de delirium tremens. 

J. C. estaba conectado a una escasa felicidad de riego por goteo continuo. El suplicio era bombear las arterias bloqueadas y dejar de sentir entre sus venas una especie de embotellamiento a las dos de la tarde. La globulosa simplemente no transitaba y la circulación estaba en una crisis extrema. 

J. C. detestaba los hospitales, su inmenso silencio inmaculado, pero su mayor aliciente era recibir la sustancia etílica que goteaba junto al suero destapacaños: como un pequeño beso de princesa al borde de los labios agrietados, lo cual le permitía aflorar una sonrisa desquebrajada y cuantimás maniaca.  

Le dolía sonreír. 

Se incorporó pedazo a pedazo y de un salto gatuno arrancó la tripa del antebrazo, un micro-geiser de sanguacha elevó su efímera felicidad, hasta manchar esta hoja de papel sobre la que escribo, con su tinta negra. Su corazón henchido vitoreo la dicha de seguir con vida.  

Rompió con sus dientes el plástico que contenía el suero y desesperado mamó para salvar su desierto. Como pudo arrastró su fiambre y asomó su cabeza por una ventana del balcón. 

La calle sacudía su cabellera de agua, su cuerpo arquitectónico formaba una estructura perfecta. Los rostros se iluminaban al sincopa de un sax bajo la lluvia. La criatura de luz emergió de la piel del pavimento. Su desnudez se deslizó como humedad por los muros de cantera y una delicada membrana palpitaba apenas entre el ansia de J. C. y la esencia de la noche.  

J. C. se estremeció como gato erizado cuando escuchó el taconeo de la luna subiendo las escaleras. 
Un in pass eterno... Exacerbó su hígado. La habitación se encendió por debajo de la puerta, J. C. bebió su último residuo de elixir. La puerta se cimbraba con los latidos de su corazón, el cuarto, el edificio, la calle... la ciudad entera se inflaba como un sapo palpitante. La luna resplandeciente cubrió la oscuridad apoderándose de la habitación por completo. 

J. C. destelló como una chicharra hasta explotar en un relámpago.

miércoles, abril 08, 2020

MOTIVACION ANTIPERSONAL

La noche.
La negra noche cubrió  con su manto lleno de estrellas la situación polifacética de los seres que se desplayan por las vísceras de la city. 
La conjetura astral vino como el vicio a la necesidad:
-Carnalita, carnalita, a estas horas de la vida, usted puede hacer lo que le de su chingada gana. 
A La Maye la conocí  bien morrito, era un niño vicicleta que jugaba a inflar globos y a amasar mundos de chemostil. El alucín estaba lleno de amor, más allá del bien y del mal. 
La ruta del cantón me conducía por la avenida de la casualidad y casi siempre me la encontraba en el crucero de Ávila Camacho y Mezquitán taloneando una plata. 
-¿Qué onda compita?, aliviáname. 
Era una chavita que se había convertido en mujer araña por desobedecer a sus jefes, tenía 18 abriles, y como ya no la exhibían en la carpa de la feria, andaba vendiendo su alma al démon por unos morlacos. 
-Como que aliviáname, pus si andamos iguanas.
-Dame un baño de tonsol. 
Simón, dijo La Chuya que era su escudera y le jugaba a la gravitación universal como un péndulo humano, en la órbita de su pacheca realité. 
-Carnal no hemos tragado nada.
-Tú, pinche Chuya deberías de hacerte un paro, y hacerle un paro a tu morrito, ¿que no?
-A mi morrito ya se lo llevó pifas brodita, por eso estoy triste. 
Entonces se me cerró  el hocico herméticamente y comenzamos a rolar los tres de un lado pa'otro. 
La Maye nos llevó  a su casa, ¿casa?, casa tienen los perros, esa madre era un agujero, una pocilga demasiado culera, que se encontraba geográficamente situada en el terruño mejor conocido como el Cagadero de Drácula. El ambiente natural era asfixiante, golía a rata muerta, de hace dos o tres días, a jiña de bebé por todo el cuchitril y la humedad calaba la médula de los huesos, me cai. La pestilencia se fue haciendo soportable después de un rato de inhalar toncho. 
La marea era multiagradable para nuestros espíritus volátiles. Luego me dijo con sus ojos de agua: "estos son mis hijos" o me dijo: "estos son mis motivos" - nel, eso es de una película-. 
La Chuya después de estar pegada a la barda de adobe, como una lapa, se dejó caer al piso de tierra en una esquina del chiquero. Balbuceaba, arrastrando las palabras, haciendo uso del micrófono -mona de tomy-: "Pon el caset de los doors, pon a los doors, a los doors a los doors alosdoors alosdoors alosdoors..." 
María Elena absorbía la mona llena de activo y luego se la ponía al más morrito de sus críos, como de unos siete meses, que estaba tirado en una caja de jabón Roma con el pico abierto, luego le decía al más grandecito, como de unos dos años: "ándelemijopóngaleasucena" y le arrimaba el trapito y el chavalillo se le pegaba como un becerrito a la ubre de la vaca. 
.-Pinche Maye, no les des esa madre.
-¿Pos cómo quieres que les llene la panza?
"Pongan a los doors, pongan a los doors, a los doors, a losdoors, alosdoors, alosdoors los doors losdoors alosdoors..." 
- "Ya cállate pinche Chuya, ya cállate pinche Chuya, ya cállate pinche Chuya, ya cállate pin che Chuya..." 
Yo estaba clavado en que el toncho debería de ser nombrado la octava maravilla del mundo, en eso que abren la puerta a patadones. Era Doña Sebastiana y unos tiranitos -pinches chotas estaban bien chiquitos como soldaditos de juguete-. 
"Esa, esa es la madre desnaturalizada", gritó Doña Sebas señalando a La Maye con el dedo, mientras rebotaba el eco en las paredes: es la madre desnaturalizada, madre desnaturalizada, desnaturalizada, desnaturalizada, desnaturalizada. Los perros azules se arrojaron sobre la humanidad de La Maye y yo me esfumé, o conté hasta tres, troné los dedos y como David Copperfield, o me lo platicaron, o lo soñé o lo leí en la nota roja, o lo ví en una película. El pedo es que ahora que me llega el recuerdo, me pongo nostálgico, se me eriza la piel, me brinca la carne, y rebotan en mi tatema los gritos desesperados de La Maye, cuando la soltaron y no encontró a sus pájaros en el nido. 
¡Maldita sea! 


martes, abril 07, 2020

AZUL



La única neta eran ese par de ojos claros de alucinante ternura. 
Después del sexto día del accidente me dieron de alta del Hospital Civil, había quedado conmocionado, con un brazo quebrado en tres partes, una costilla lastimada y la noción perdida. Fui compañero de sala del Redondo, quien al parecer quedo peor que yo. Él de a tiro no había recobrado el conocimiento, no reaccionaba ni madres por el megamadrazo que se dio en la tatema. Tuvieron que operarlo y reconstruirle parte del cráneo con unas láminas de platino. Hubo desfile de médicos especialistas, enfermeras, curas, santos, amigos, familiares y autoridades judiciales. Escuchaba entre sueños y pequeñas vigilias que mi cuate estaba en Coma. A mí me cuestionaban sobre lo sucedido, me fusilaban con mil preguntas, haciéndome dudar o queriendo aclarar o dejar en el olvido el percance. De mi cuate el Flaco nadie mencionaba nada. Esperaba verlo tendido en alguna cama. Saber, si ya lo habían dado de alta o lo peor, si había muerto. Lo que podía recordar, se sumaba a la historia como pedazos de chorizo. Íbamos a bordo de un Safari descapotable rumbo a Cuisillos. Era martes, recibí la llamada del Redondo para hacerle un paro y llevar a su hermano el Flaco a dar un paseo fuera de la urbe bizarra de Guanatos. Cuántas veces lo planeamos al borde de una botella de tequila, ebrios y agüitados por la suerte de su carnal, herido gravemente después del choque contra una patrulla de tiras, una desgracia llena de tristura. Tenía más de año y medio tirado en la cama, sin poderse recuperar a causa de un chingo de lesiones, a mí y a otros cuates nos tocaba hacerla de enfermeros y avivarle la laira, hacerle más llevadera su condición de enfermo en terapia de rehabilitación. Informarle sobre lo que se sucedía en rededor del barrio y lo más importante suministrarle su dosis de droga, para los dolores que lo martirizaban, brindar con él con un rebote, un diazapan o una reina. Pasarse las horas en la plática, tallando la mesa con la baraja o el domino, luego despedirse para seguir la party, en cualquier otro lado. El día del paseo, llegó sin esperarlo. Tembló el teléfono. Eran, serían como las cinco sesenta de la madrugada, estaba crudo, aún pedormido. La voz del Redondo se escuchó del otro lado del alambre: Broder necesito un paro, hazme esquina, voy a ir a Cuisillos y quiero llevar al Flaco. Voy a ver a unos rancheros que traen una bronca con un ganado que se está tragando sus pastizales. Estos vales secuestraron cuatro vacas, para que el dueño se haga responsable, pero les salió el tiro por detrás, ahora están en el botellón por abigeato y pos tengo que ir a sacarlos”.
-“¿Y dónde entro yo, mi Redondo?”, acicate en la modorra.
-“Quiero que mientras veo la bronca legal, acompañes al Flaco para que no se aburra, ni se achicopale, ya sabes por mi cuenta corren las chelas y el refín”.
-“¿Y cómo a qui’oras hay que tenderse?”, inquirí con displicencia.
-“A las siete paso por tu cantón”.
-“¡No pos, yasta!”, asentí en buen plan.
Me incorporé de un salto gatuno y ya estaba vestido, así que nomás me eché un baño vaquero y listones de colores.
El Flaco -para hacer más detallado el cruento- traía una sonda por la que orinaba y un par de muletas con las que a duras penas se movía, aún con ayuda. Nos saludamos y abordé la nave. Le digo al Flaco, "ora sí se te va hacer ver monte, hierbazal y uno que otro güey". Me sonrió y me dijo con los ojos, que ya era tiempo de despegarse del camastro. En dos tres movimientos, ya habíamos adquirido unas birrias, tabacos y hasta botana para hacer más corto el viaje a Cuisillos, agarramos rumbo carretera a Vallarta. Llegamos al pueblo alrededor de las ocho ochenta, con un perral de escolta, el sol de frente y el aire dándonos la bienvenida en holandas de olores y sabores pueblerinos. Nos parkeamos en un corral, pegado a la casa de uno de los robaganado, salió una ñora, en bata de dormir, semitransparente, semiflotando en medio de un halo de moscas verdes y zumbonas, nos invitó a pasar y a desayunar huevos rancheros, chilaquiles and frijoles refritos, del chile de molcajete ni hablar, de las tortillas recién hechas a manopla, menos. Mientras fueron a dar aviso a don Felipe, y a los otros hombres; de que el aboganster ya estaba en el pueblo. Llegaron los rancheros bien armados con machete en mano y unos pomos de tequila, luego luego sin decir masque lo que ya sabíamos, sirvieron unos dedos de espíritu y saludamos, para no desairar. El Redondo muy en su papel de jurista, tramó junto con los amigos de los incautados la manera en que iba a proceder, por medio de un amparo, para exigir la inmediata libertad de los susodichos. Se marcharon convencidos y dispuestos a lo que fuera. El Flaco, don Felipe y yo nos quedamos a la espera, entonces se me multiplicaron las tareas, pos aparte de cuidar a mi compa lisiado tenía que velar por las boyas de agave, que habían dejado sobre la mesita de centro y chingarme todo el choro de don Felipe que hablaba nervioso y con coraje por el desmadre que había armado la clica vacuna, desde luego sin dejar de copetear los caballitos. Como a la mitad de la segunda botella llegaron los hombres con todo y los expresidiarios, El Redondo ya había ganado el primer tiro, ahora seguía denunciar al dueño de las reses, para que pagara la cerca que habían roto y el pastizal del cual habían degustado las señoras vacas. El pleito estaba café porque el propietario del rebaño vacuno era primo hermano del presidente municipal y pos no iba a estar fácil, edá? De modo que mientras acabábamos con el bastimento armaron una estrategia, para ganarle la bronca. Uno de los ex convictos no se cansaba de agradecer al abogado su liberación y se esmeraba en atenciones. Nos invitó a comer a su ranchito, nos sirvieron mole de guajolote and sopa de arroz. Cuando nos despedimos, el chuntaro se aferró a que el ‘Lic’ se trajera un marrano en agradecimiento.
-“¿Y dónde me lo llevo?”. Dijo, el abogado controvertido.
-“No se apure Licenciado, nosotros lo amarramos y se lo echamos atrás del carrito”, aseveró el mentado Hermenegildo. El redondo con la mirada buscó mi aprobación, preguntándome, si nos echábamos ese trompo a la uña, se me hizo fácil, yo ya estaba poseído por Mayahuel y antes que la duda me invadiera, oí que dijo: “va que se lo traigan”. El Cuatrero le gritó a uno de sus peones: “tráiganse al Azul”. Pinche puerco a simple vista, sin conocer de chanchos, calculé: ha de pesar como unos 120 kilos el cabrón. Mientras trataba de sopesar si eran 150 o más kilates, ya lo tenían amarrado de la cuatros pesuñas. Entre dos peones y un alfil lo carrucharon en el asiento de atrás, dejando un hueco donde yo iría custodiando al Azul. ¡Ya que!. Trepamos al Flaco con más cuidados que al cochino al safari, el Redondo se despidió, con la promesa de volver en tres días para continuar con el litigio. Ya abordo del auto agarramos viada para Guanatos, veníamos encandilados, semifusos y muy güirigüiris. El Flaco se sentía de pocas madres, le había sentado bien salir de su claustro, comentaba muy felipe y con tenis que eso era lo que necesitaba para sanar más rápido. El Redondo hacía cuentas alegres, hablaba de la suerte del Azul, sin darse color de que el puerco lo escuchaba con atención y sacado de onda. Yo estaba intentando no enfocar mi atención en ningún punto, era necesario lograr detener el dialogo interno. El Redondo no dejaba de alucinarse, menos se daba cuenta que Azul era el único que no compartía nuestra alegría. El Cuino iba muy incomodo, gritándome su inocencia. El Flaco miraba los azules grises que pardeaban el paisaje y gritaba que todo estaba chingón. Volteaba de vez en vez compartiendo un poco, no mucho, su preocupación por el marrano que se retorcía en su animalidad. Con señas le hacía el iris de que no había bronca, que todo estaba bajo control. Pero Azul no aceptaba su sino, era un cerdo con dignidad y su fuerza no menguaba, al contrario cada vez parecía que su porcandad se alteraba maldiciendo su condición denigrante. Me pareció que le interesaba una tregua, armar una mesa de dialogo, llegar a un convenio. Con sus ojos de puerco azul me pedía clemencia. Yo trataba de no caer en sentimentalismos, le daba palmaditas en la cabeza, para que no se agüitara. El Flaco empezó a tirar adrenalina, decía que el chancho se estaba desamarrando, sentía que si se desataba podría caerle encima. El redondo seguía sacando cuentas entre manteca, chicharrones, carnitas y curtidos. Yo seguía parando el dialogo interior y deteniendo el mundo, tratando de no enfocar ningún objetivo, que pudiera influir en mi importancia personal o moviera mi punto de encaje. Pero todo se vino en chinga. El Redondo grito: “¡agárrense!”. Del otro lado de la carretera, por el mismo carril que transitábamos venía un camión Flecha Amarilla, ¡a madres!, no había tiempo de detener la carcacha, el Redondo viró en centrípeta y se salió de la cinta asfáltica, el safari se sacudió bien culero, en una especie de vibrato tenso, sin dejar de girar, arrojándonos a una barranca, vidié en cinemascope nuestros cuerpos salir volando del safari, trate de quedarme suspendido en el aire, pensando que un segundo podría ser la eternidad, pero cero después de volar rodé, junto con el Safari, Azul y el Redondo. Al Flaco ya no lo miré. En el hospital tampoco lo he visto y nadie me pregunta por él. El Redondo, no ha regresado de su viaje a Coma-titlán.
Mi padre llegó por mí, con unos papeles en la mano y una bolsa de plástico con mi ropa. Pude caminar aunque me sentí mareado, navegue por los pasillos, deseando que me diera la luz del sol, el aire de la calle me abrió los pulmones. Nos subimos al auto, y le pregunte a mi jefe si sabía algo del Flaco, “nada”, me contestó. Le pedí que me llevara a su casa. En la cochera está el safari hecho un acordeón. Pasamos a la casa, el papá del Flaco y del Redondo estaba en la tristura, le pregunte por el Flaco, “nada, no sabemos nada” me dijo, ocultando su dolor. Nos despedimos, y antes de cruzar la puerta escuche un bramido de cerdo, era Azul, seguro me presintió, quise verlo. El papá de mis amigos me acompañó al patio, ahí estaba.
Tenía esa alucinante ternura en sus ojos claros.



miércoles, abril 01, 2020

EL GUAYABO DE DON RUTILIO



 Por debajo de la puerta dejaron un recado, un anónimo con letras recortadas del periódico y muy mala ortografía: “LO SE TODO IJO DE TU PUTaMaDRE, NO aBRa CoNPasION”. Era casi idéntico a los mensajes que le llegaban dos o tres veces por mes a don Rutilio pero esta ocasión, la mala ortografía, el hecho que no estuviera firmado por su señora y que se hayan tomado la molestia de mancharlo con sangre lo hacía diferente y misterioso. Lo que más lo confundía, incluso lo asustara, era una raya roja de sangre por debajo de las letras: “NO aBRa CONPasION”. De modo que a don Rutilio se le hizo puño el asterisco.
Lo primero que se le vino a la mente fue llamarle a Lola, la mujerzuela con la que le ponía el cuerno a doña Baudelia. Estaba hasta temblando de nervios, el teléfono timbró dos tres cuatro veces y nada. “Contesta por favor Lola”, reclamaba la voz interna del Don, pero  el teléfono seguía sonando.
– ¡Chingada madre!, ahora que hago, pinche Baudelia, ¿A que estará jugando, cada día está más loca, o ahora si será de verdad su amenaza?
Lola salió del baño y miró en la pantalla de su celular que tenía una llamada perdida. Carlitros, su amante, que estaba en la cama relajado viendo una película en la telera le mencionó:
 -Estaba timbrando tu teléfono amor, ha de ser el pinche viejo arrastrado, seguramente ya leyó el letrerito que le mande.
-¿Cuál letrerito?, no vayas a salir con una chingadera Carlos.
– Ja ja ja ja solamente, me estoy divirtiendo, un sustito al hijo de su pinche madre que se está cogiendo a mi vieja.
– Ja ja ja ja, idiota pero bien que te tragas todo lo que me da, ¿verdad? y ¿Qué tal la ropita?
-Déjame le saco un pedo, a la mera hasta suelta un billete.
-Déjate de pendejadas cabrón, le señalo Lola mientras se zafaba la toalla que traía enrollada en el cuerpo para dejar las tetas al aire, luego se agachó para secar sus pies poniéndole a Carlitos la flor enervante en los bigotes.
 – ¡Umm que rica y deliciosa te huele tu florecita amor!, le susurro al oído mientras la tomaba de la cintura para jalarla hasta la cama, cayeron en clavado creando una pirueta de 3.5 grados de dificultad, se besaron en el in pass volátil rosando sus sexos ardientes y deseosos, rodaron entre las sábanas hediondas y el colchón viejo hasta que Charly sintió  por enésima ocasión el filo del alambre de uno de los resortes calándole la nalga izquierda, pero en esta maldita ocasión si grito de dolor. Lola se sacó de onda y se levantó de un sólo tirón.
-¿Qué te pasó?
 -¿Qué me pasó?, pinche colchón ora si se vengó, se me enterró en el cachete izquierdo, dijo mientras se colocaba un pedazo de la sábana para detener la sangre.
El teléfono de Lola volvió a sonar. Le hizo la seña a Carlos de  que chitón para que se mantuviera cayado, no se fijó en la pantalla para ver quién llamaba, cuando contestó: –Bueno,  ¿Amorcito?, se llevó una sorpresa.
 -¿Amorcito? Hija de tu pinche madre, soy Baudelia, la esposa de Rutilio, ya sé que le estas sacando dinero a mi marido, vividora hija de la chingada, si te vuelves a meter con él te voy a matar.
Carlitos le decía en voz baja a Lola que le pidiera para un colchón nuevo, pero Lola estaba sacadísima de onda, no sabía que contestarle a la ruca, siempre la bateaba, sabia del juego y de alguna forma era considerada pero ahora la agarro fuera de lugar, y se quedó muda, volteaba a ver a Carlitos que con señas le decía que le pidiera varo y le señalaba el colchón y luego volteaba a verse la nalga rajada. Cuando Lola volvió en sí, Baudelia ya le había colgado. Y como para ella sola dijo: “Pinche vieja culera, ya me tiene hasta la madre” Luego miró a Carlitros y le comentó media desencajada, que era la vieja de Rutilio, me llamó para amenazarme otra vez, está bien locuaz, pero ya me harte de seguirle su desmadre.
-¡Pasumauser! ¿’ora que vamos hacer?, adiós al colchón, gruño Charlie.
-Me las va a pagar, pinche vieja loca, vas a ver.
Le marco a Rutilio.
-Bueno Lola, contestó el viejo, te llame porque algo anda mal, muy mal.
-Ruti necesitamos vernos, es urgente. 
–Si pero no vengas a mi despacho, algo está mal, hoy me llego un anónimo, pero estoy casi seguro de que no es de Baudelia, te veo en el Café La Rueda.
–Sí, en media hora, estaré allí.
Carlitos, se puso en la puerta del cuartucho para negarle el pasó a Lola y le dijo:
-Ya vas a ir a ver al ruco, ¡deja eso ya!, si la vieja está loca te puede chingar, una
vieja resentida es capaz de todo, lo mejor es que no vayas y ya mandes a ese pinche viejo decrepito a la verdolaga.
–Tú no tienes por qué meterte en mi vida, todo lo que hay aquí es mío, yo me lo he ganado con el sudor de mis nalgas, tu nomás eres mi querido, a la hora que yo quiera te mando a la chingada, así que mientras vivas aquí, la que manda soy yo padrotito, si no te late, ¡Pues como va! ¡A la chingada!
 A Carlitos le salió lo cabrón y por esta vez no quiso tragarse su orgullo, se hizo a un lado para que pasara la  morra que salió como chispa a encender el averno.
Rutilio tomó su bastón, se puso su sombrero de ala del 5 y tomó las llaves del auto. Salió de su casa rumbo al Varrio Xino.
Carlitos estaba enfurecido, echando sus pocas garras en una mochila de campamento, mientras arrojaba todo su encabronamiento y resentimiento contra su morra y el viejo. “Pinche par de ojetes ojala y se pudran en el puto infierno”. Ya que tenía su bulto preparado y estaba listo para salir, sacó una hoja 007 y empezó a madrear el colchón maldiciendo a diestra y siniestra, una vez que se hartó de perforar y rasgar el lecho de amor le vació una botella de thiner,  antes de salir del cuchitril le arrojó un cerillo para que ardiera todo el cuartucho de vecindad, aún      no llegaba a la puerta de la calle y las doñas que estaban en los lavaderos empezaron a gritar: “¡Fuego, fuego!, fuego” Carlitos alcanzó a echar un último vistazo mientras les rayaba su madre levantando el brazo y su corazón de caifán se le rasgaba por los ojitos.
En el café La Rueda don Rutilio le pedía a Lola que ya se olvidaran del amor. Él si se había encariñado, a su ñora ni la tocaba, tenían 20 años sin dormir en la misma habitación, si seguían juntos era por los hijos y la maldita costumbre convertida en esa manía a ultranza de doña Baudelia de divertirse a placer; asustando y desafanándole  las novias a su marido, una o dos, a veces tres por año, pero Lola se había estancado y además sabía que la mantenía a ella y a su amante, dos de sus hijos la tenían informada, de cuanto le daba, de donde y como se veían, todos sus movimientos los tenían visualizados. Con Lola no podían, era más fuerte que todos, decidida, sin nada que perder.
-Está bien Ruti, me iré lejos de ti pero dame medio millón, ya no quiero saber nada de ti ni de tus hijos, ni de tu mujer, estoy hasta la madre de sus juegos estúpidos, todos me llaman para que te cuide, que te de tu medicina, que le siga el juego a Baudelia, que esto, que aquello. Ya estoy hasta la madre, me voy a ir a vivir a otra ciudad.  Rutilio, sacó la chequera y firmó un cheque en blanco.
-Vete yo también estoy cansado, ponle la cantidad que quieras.
Timbró el teléfono de Lola, era doña Baudelia.
-¿Qué quiere?, vieja guanga.
-Ya sé dónde estás perra, estás con mi marido en…
-Doña Baudelia, salga de donde este, esto se acabó, yo me largo. Si no sale yo misma la voy a buscar y le voy a poner una chinga, estoy hasta la madre de su jueguito de celos, de adúlteros y señora resentida, esto se acabó.
La señora Baudelia salió de atrás del chino barista, tenía una pequeña pistola calibre 22, sus manos temblaban y se fue directo hacia Lola. Don Rutilio se levantó y la detuvo.
-Calma mujer, esto se acabó, Lola ya está cansada, déjala que se vaya.
La morra se paró de su asiento, todo el café se fastidio, los parroquianos se sacaron de onda con todo el teatro, Lola tomó su bolso y el cheque, salió huyendo. Don Rutilio les dijo a sus hijos que estaban entre el público observando el performance, que llevaran a su madre a casa.
El viejo espero que se fueran todos y pago la cuenta.
Mientras manejaba rumbo su cantón a don Rutilio se le nublaba la vista, sentía hormigueos en sus piernas y brazos, abría la boca como bacalao para jalar aire, sudaba en frío. En la mente se le dibuja con mucha claridad la imagen del Guayabo que está en el patio trasero de su residencia.

VIRGEN DEL BIROTE


Oh, rosa rústica, virgen tan virgen

que no has parido dios;

oh, estirpe de almidón tostado

que alimentó a Rimbaud sobre la nieve;

madre de los desamparados,

no fue tu cuerpo torta de tamal,

sino mollete de autor;

oh, tú, la que salió del fuego

con gesto amoroso,

reina de la cumbia celeste

en el Café La Rueda,

donde los locos llegan solos;

por ti lanzaremos gratis el último disco que grabaron

Ezra Pound y Jimmy Page

en contra de la vieja usura;

caminaremos al contrario,

hasta cambiar la órbita terrestre

y encontrar la dimensión

en la que declamas el poema negro;

oh, santa madrota de Guadalajara,

cuando viajes a lomo de gusano

y te salga incienso por los ojos,

llévanos electromagnéticos

al hongo, recuérdanos


Ramiro Lomelí (del libro cartonero Manifiesto Pata de Palo)