LA PIEDRA

cero descripción

Nombre: Sergio Fong (editor cartonero)
Ubicación: Guanatos, Nayarit, Mexico

compra y venta de libros de artes y literatura, radio por internet, editoriales cartoneras,ediciones de autor, talleres cartoneros y cursos de cuento

martes, marzo 08, 2022

El autor




 

miércoles, marzo 02, 2022

AL BORDERLINE DE LA CARRETERA

 

AL maestro Rochi (Manuel Sandoval)

El viaje de retorno a la Laguna de Santa María del Oro no había tenido contratiempos, todo había sido ranita, sin broncas. En la pantalla del horizonte el ojo del azul del cielo se cerró tan íntimo para el amor que ni los ciegos pudieron verlo.

Mad detuvo el auto al borde de la carretera para estirar un poco sus extremidades inferiores, echar una meada y dar unos pasos sobre el lomo del planeta. Saco una cápsula de humo e inhalo todo su contenido, lleno sus pulmones y, elevándose, giró sobre el entorno.

Tus pequeños párpados besaron el silencio del paisaje y tu minúscula voz acaricio la oscuridad con el halo de tu presencia. Mad encendió su percepción y tuvo la sensación de tu encuentro. Recordó un hada de los cuentos infantiles, mientras posaba la mirada en ti, llegaron a él como un carro del tiempo un chingo de imágenes de su niñez. Observó el interior de su espíritu, en retrospectiva, la película de su vida.

Mad te juró mientras cerraba los ojos y apretaba los dientes: “Luciérnaga, eres la mujer de mi vida, te conozco desde niño”.

Tu corazón de ninfa se estremeció por primera vez. No pudiste revelar tu secreto y decirle que desciendes de la hendidura de la sierra, del tajo donde el fuego del infierno eleva los seres más hermosos a la superficie terráquea. Te callaste que enamorarse de ti es una maldición y que solo una vez podrá enervarse de tu sangre; porque por primera vez te entregarías y él sería feliz pero su alma sufrirá toda la eternidad.

Mad no reaccionaba, estaba eclipsado. La realidad lo sorprendió cabrón, no podía creerlo, soñaba despierto o qué chingados estaba pasando. Su mente no lo engañaba tu hermosura estaba ante él, desnuda de pies a cabeza. Su aleación desquebrajo el cielo, sus cuerpos relampagueban surcando la noche y en ese instante vino un estruendo que conmovió el universo. La bola volvió a girar y el sol naciente iluminó el planeta.

Mad retornó del viaje y su olfato atrapó el casi inadvertido aroma de tu exquisita flor, el néctar de tu cuerpo quedó impregnado en su ser, pero tú ya no estabas.

Desplegaste sin sentir el aletear de tus pestañas como suave holanda y dejaste un leve resplandor para renacer en otro tiempo.

 

sábado, mayo 02, 2020

DE PURAS BARBAS



Los centauros, eso son: mitad bestias y mitad animales.

La luna.        
            
            La tía luna disipaba su amarga luz entre los escombros y los matorrales del baldío, los gatos aullaban su hermosa melodía sexual, las ratas roían pedazos de la noche mustia. 

         Algún niño vicio aún jugaba alegre a los electrocutados colgado de un gancho de carnicería que llevaba atravesado en su paladar, con el cual se deslizaba como trolebús sobre un cable de alta tensión.

-"Ora sí, cabrones", escuché mientras los frenos de la camioneta chillaban y el motor detenía su marcha y se apagaban los faros: todo quedó suspendido en el silencio sepulcral.
-"Oink, oink", gruñó unos de los cerdos. El Pingo y yo estábamos esposados en uno de los tubos posteriores de la carreta como animales rabiosos.
-"A ver si es cierto que son muy machines", escupió una voz socarrona de otro de los marranos sobre nuestros cuerpos, y ahí fue donde empezó la tracachinga: patadas, culatazos, macanazos de todos los colores y sabores.       
        Cuando saciaron su amor por la patria a bola de madrazos nos dejaron en paz hechos un par de guiñapos. "Nos partieron la madre carnal", bufaba El Pingo mientras arrojaba los bofes.
            De ahí deduzco que no todos los puercos son iguales; otros son peores, unos hijos de su santa y culera madre, y sí.
            De allí nos trasladaron a los separos, supuestamente sin broncas, pero a la hora de la báscula al Pingo le sacaron una ristra de reynas. El ruco de la baranda que estaba esculcando y quitando fajos, cigarros y cerillos a todos los incautados, no la hizo de pedo, y haciéndose el sordejo las arrojó disque al bote de la basura (para luego darles vuelta en cana) y chido porque nos la dieron por briagos y acelerados. La celda en que nos enjaularon estaba atiborrada de raza, pueblo, nación y desesperanza. Todos los entorilados éramos los más castos, los más santos ¡puros inocentes! Y el cotorreo era estarse tirando carrilla de que nadie había hecho ninguna mala acción, pero la neta cada mono tenía una cara de jijo`ela chingada que daba pánico. Así pasaron dos tres cuatro horas y escuchamos nuestros nombres de pila y uno contesta con su apellido. "Ya la hicimos", me gritó animado El Pingo. Y pos cuáles camarones, nomás nos formaron en fila india borracha y nos fueron carruchando en una troca que estaba tapada para darnos hilo hasta la correccional. El Cerro del Cuatro nos esperaba con su coraza abierta de par en par y méndiga nochecita pasamos. El pinche cuchitril en el que nos hospedaron estaba cruel: apestaba a patas, culo, mierda, miados y creolina; estaba atascada de chinches, pulgas ysabecuántamadremás. Me caí que estaba haciendo un frío bien culero, pleno diciembre y yo en shorts y con camiseta de tirantes pa'cabarla de chingar y luego un pinche crudonón triple, más la bola de madrazos que me propinaron los del escuadrón especial de la policía municipal, nomás no me la acababa, no supe si dormí o no dormí. La neta era que habíamos pasado una nochecita inolvidable. El soldado empezaba a filtrar sus trizas acres por los helados barrotes del penthouse para recordarnos que el mundo ya estaba funcionando al chingazo. En ese momento fue cuando trajeron al Perro.
-"Quihubo Perro".
-"Qué onda Gato, ¿por qué te apandaron?".
-"Pos por qué, ya sabes cómo son de manchados los azulejos, estábamos en mero terreno apache, bien ranas afuera de la tienda de Doña Petra echándonos unas birrias bien helodias, tirando cábula con las jainas del barrio cuando cayó manotas, El Changilla gritó: "al tiro locos" y todo el bandoleón empezó a desafanarse, y yo me quedé guachando cómo un cuico quería apañar al Viciocho y no podía. Cuando ya lo iba a agarrar El Viciocho se aventó contra la puerta del chante del Black, pero la puerta no se abrió y el tira se quedó parado tragando ñonga, y que se vuelve a tender sobre el vato y El Viciocho se vuelve a aventar contra el portón de madera y nacho, la pinche puerta nomás temblaba pero no se abría, y yo me la estaba curando bien machín, porque el tirano se quedó parado otra vez, y cuando la vio cincha y ya lo había amerengado de la chaqueta, salieron unas manos misteriosas de adentro del cantón del Negro y ¡fumm! que desaparece El Viciocho como brujo de Catemaco. El pinche tirita se quedó de a seisote con la chamarra que le dejó este valedor en las manos y ¡noombre! yo ya estaba que me cagaba de la risa torciendo toda la acción social. Entonces oigo que me dicen: `de qué te ríes' y de volada contesto: `no viste güey', y al volteón me doy tinta de que era un cerdo y que me gruñe el puto: `a ver quítate las gafas' (no mames eran como las diez de la noche y yo con lentes oscuros, la pura placa)y hago un iris pero, nomás me las levanto, entonces el culero me quiere sablear: ‘andas bien mariguano’ y en caliente le respingo: `yo no ando grifo, grifa tu madre'. No pos se me calentó,`¿ah sí cabrón?' me muge queriéndome atolondrar y nomás naranjas, y me gruñe: `súbete a la patrulla' y yo, pues  nel `no me subo, ¿por qué chingados?', `que te subas' ya agüevo tirándome de culatazos y ya me llevaba cerca de la trulla, en eso sabe de'onde chingados salió El Pingo, y me grita: `nel carnal, no te subas' y el tira se le queda viendo como queriéndolo fulminar como raid matabichos, y El Pingo se acerca y se la empieza a hacer de dope al cuico: `qué onda pinche negro, déjalo' y pos cual déjalo, empezamos a forcejear los tres y en caliente que emerge un racimo de puercos de la nada y que nos suben agüevo a la troca y nos esposan en un tubo. Toda la raza estaba viendo la acción, las morritas y las ñoras bien prendidas haciéndonos el paro, les gritaban un chingo de madres, que `bájenlos', que `pinches puercos de mierda', que `pinches rateros', que `lo que quieren es lana' y me caí que la presión estaba cabrona porque la banda ya estaba arriba de las azoteas tirándoles de botellazos y pedradones y neta, los culeros estaban sintiendo que el culo se les hacía puño, ¡cómo no!
            El gran cerdo comandante les gruñía a los cerdos menores que ya, que nos llevaran a la delegación de policía, entonces los tiranos arrancaron a madres dejando una nube de polvo en el escenario del arrabal, pero antes de llevarnos a la delegación hicieron escala en el baldío".
-"Y a ti ¿por qué te apandaron, Perro?".
-"A mí de barbas, de puras barbas...
...Orita me acaban de aperingar, hace ratito que llegué. Yo estaba a toda madre con Doña Mary echándome, apenas, un menudito para curármela, me acababa de servir... ‘¿Qué te pongo de carne?’ me preguntó. ‘¡Ay, Doña Mary! ando bien malilla, póngame cuajo, puro cuajo y una ramita de yerbabuena...’ Y ya sabes que uno le pone su oreganito bien molidito para que amarre y su limón, a mí sí me gusta con un chingo de limón y poquita sal, ¡ah! y su chilito de árbol doradito en manteca. ¡Noombre cabrón!, agarré una tortilla, dos (original y copia) le embarré su limoncito, le puse su pedazo de cuajo, salecita y salsa de tomate “¿Ya conoces la salsita?” Ah, sí, pa'la salsita si se discute la Doña... Enrollé el taco y oigo que Doña Mary me dice: `Tenga mijo para que se la cure bien y se vaya a dormir'. Ya sabes cómo se discute: un roncito con coca. Y en eso le iba a dar la primera mordida al taco y ¡chale! que llegan dos trullas: una por cada lado de la cuadra. Yo le hice al loco y le di el segundo mordidón al taconazo. Pero la bronca era conmiguelito.
-`A ver cabrón' y que me jalan de donde estaba sentado, y en una de las patrullas venía la Meche..."
-"¿Cuál Meche?"
"... La carnalita del Camello, y que le preguntan a la morra: ‘¿Este es?’ y la ruca que les dice que sí, que soy yo. Y sí pos sí, yo soy yo ¿o no?, y ahí me traen, pero yo no hice ni madres".
            En eso de una de las literas de concreto helado, de arriba de la celda, se asoma la mascarota del Pingo.
-"Qué onda cabrones, ¿cuándo los apañaron?"
-"No mames, cabrón, pos si nos agarraron juntos" le digo. El vato sin gesticular nada, sin denotar pizca de preocupación alguna, me pregunta: "¿deveras?, yo nomás siento los madrazos. Y tú Dogo ¿por qué caíste?
-"De barbas, de puras barbas".
-"Ay no mames, a mí me dijeron que ayer en la tarde fileriaste al Camello por una mona de toncho".
-"AH, SI, PERO ESO FUE AYER. A MI ME AGARRARON APENAS HOY EN LA MAÑANA, HACERATITO".


(Del Libro: Los Abrevaderos del Ser, de Sergio Fong)


jueves, abril 16, 2020

EXPLOSIÓN DILETANTE



La enfermera en palidez neuronal, víctima de un shock apagó la luz de la habitación, y su blanca imagen se fue difuminando como el blanco tapiz o la hostil blancura del vitropiso que destella pulcritud. 

La azafata del dolor había dejado enchufado a J. C. a la tripa del suero analgésico, para borrar la estupefacción causada por ingerir píldoras blancas y jarabes azules. Nada parecido al desorden de imágenes granjeadas por un sentimiento de abstinencia; o lo que podría ser peor, aullar como perro para conseguir una dosis de la última botella de delirium tremens. 

J. C. estaba conectado a una escasa felicidad de riego por goteo continuo. El suplicio era bombear las arterias bloqueadas y dejar de sentir entre sus venas una especie de embotellamiento a las dos de la tarde. La globulosa simplemente no transitaba y la circulación estaba en una crisis extrema. 

J. C. detestaba los hospitales, su inmenso silencio inmaculado, pero su mayor aliciente era recibir la sustancia etílica que goteaba junto al suero destapacaños: como un pequeño beso de princesa al borde de los labios agrietados, lo cual le permitía aflorar una sonrisa desquebrajada y cuantimás maniaca.  

Le dolía sonreír. 

Se incorporó pedazo a pedazo y de un salto gatuno arrancó la tripa del antebrazo, un micro-geiser de sanguacha elevó su efímera felicidad, hasta manchar esta hoja de papel sobre la que escribo, con su tinta negra. Su corazón henchido vitoreo la dicha de seguir con vida.  

Rompió con sus dientes el plástico que contenía el suero y desesperado mamó para salvar su desierto. Como pudo arrastró su fiambre y asomó su cabeza por una ventana del balcón. 

La calle sacudía su cabellera de agua, su cuerpo arquitectónico formaba una estructura perfecta. Los rostros se iluminaban al sincopa de un sax bajo la lluvia. La criatura de luz emergió de la piel del pavimento. Su desnudez se deslizó como humedad por los muros de cantera y una delicada membrana palpitaba apenas entre el ansia de J. C. y la esencia de la noche.  

J. C. se estremeció como gato erizado cuando escuchó el taconeo de la luna subiendo las escaleras. 
Un in pass eterno... Exacerbó su hígado. La habitación se encendió por debajo de la puerta, J. C. bebió su último residuo de elixir. La puerta se cimbraba con los latidos de su corazón, el cuarto, el edificio, la calle... la ciudad entera se inflaba como un sapo palpitante. La luna resplandeciente cubrió la oscuridad apoderándose de la habitación por completo. 

J. C. destelló como una chicharra hasta explotar en un relámpago.

miércoles, abril 08, 2020

MOTIVACION ANTIPERSONAL

La noche.
La negra noche cubrió  con su manto lleno de estrellas la situación polifacética de los seres que se desplayan por las vísceras de la city. 
La conjetura astral vino como el vicio a la necesidad:
-Carnalita, carnalita, a estas horas de la vida, usted puede hacer lo que le de su chingada gana. 
A La Maye la conocí  bien morrito, era un niño vicicleta que jugaba a inflar globos y a amasar mundos de chemostil. El alucín estaba lleno de amor, más allá del bien y del mal. 
La ruta del cantón me conducía por la avenida de la casualidad y casi siempre me la encontraba en el crucero de Ávila Camacho y Mezquitán taloneando una plata. 
-¿Qué onda compita?, aliviáname. 
Era una chavita que se había convertido en mujer araña por desobedecer a sus jefes, tenía 18 abriles, y como ya no la exhibían en la carpa de la feria, andaba vendiendo su alma al démon por unos morlacos. 
-Como que aliviáname, pus si andamos iguanas.
-Dame un baño de tonsol. 
Simón, dijo La Chuya que era su escudera y le jugaba a la gravitación universal como un péndulo humano, en la órbita de su pacheca realité. 
-Carnal no hemos tragado nada.
-Tú, pinche Chuya deberías de hacerte un paro, y hacerle un paro a tu morrito, ¿que no?
-A mi morrito ya se lo llevó pifas brodita, por eso estoy triste. 
Entonces se me cerró  el hocico herméticamente y comenzamos a rolar los tres de un lado pa'otro. 
La Maye nos llevó  a su casa, ¿casa?, casa tienen los perros, esa madre era un agujero, una pocilga demasiado culera, que se encontraba geográficamente situada en el terruño mejor conocido como el Cagadero de Drácula. El ambiente natural era asfixiante, golía a rata muerta, de hace dos o tres días, a jiña de bebé por todo el cuchitril y la humedad calaba la médula de los huesos, me cai. La pestilencia se fue haciendo soportable después de un rato de inhalar toncho. 
La marea era multiagradable para nuestros espíritus volátiles. Luego me dijo con sus ojos de agua: "estos son mis hijos" o me dijo: "estos son mis motivos" - nel, eso es de una película-. 
La Chuya después de estar pegada a la barda de adobe, como una lapa, se dejó caer al piso de tierra en una esquina del chiquero. Balbuceaba, arrastrando las palabras, haciendo uso del micrófono -mona de tomy-: "Pon el caset de los doors, pon a los doors, a los doors a los doors alosdoors alosdoors alosdoors..." 
María Elena absorbía la mona llena de activo y luego se la ponía al más morrito de sus críos, como de unos siete meses, que estaba tirado en una caja de jabón Roma con el pico abierto, luego le decía al más grandecito, como de unos dos años: "ándelemijopóngaleasucena" y le arrimaba el trapito y el chavalillo se le pegaba como un becerrito a la ubre de la vaca. 
.-Pinche Maye, no les des esa madre.
-¿Pos cómo quieres que les llene la panza?
"Pongan a los doors, pongan a los doors, a los doors, a losdoors, alosdoors, alosdoors los doors losdoors alosdoors..." 
- "Ya cállate pinche Chuya, ya cállate pinche Chuya, ya cállate pinche Chuya, ya cállate pin che Chuya..." 
Yo estaba clavado en que el toncho debería de ser nombrado la octava maravilla del mundo, en eso que abren la puerta a patadones. Era Doña Sebastiana y unos tiranitos -pinches chotas estaban bien chiquitos como soldaditos de juguete-. 
"Esa, esa es la madre desnaturalizada", gritó Doña Sebas señalando a La Maye con el dedo, mientras rebotaba el eco en las paredes: es la madre desnaturalizada, madre desnaturalizada, desnaturalizada, desnaturalizada, desnaturalizada. Los perros azules se arrojaron sobre la humanidad de La Maye y yo me esfumé, o conté hasta tres, troné los dedos y como David Copperfield, o me lo platicaron, o lo soñé o lo leí en la nota roja, o lo ví en una película. El pedo es que ahora que me llega el recuerdo, me pongo nostálgico, se me eriza la piel, me brinca la carne, y rebotan en mi tatema los gritos desesperados de La Maye, cuando la soltaron y no encontró a sus pájaros en el nido. 
¡Maldita sea! 


martes, abril 07, 2020

AZUL



La única neta eran ese par de ojos claros de alucinante ternura. 
Después del sexto día del accidente me dieron de alta del Hospital Civil, había quedado conmocionado, con un brazo quebrado en tres partes, una costilla lastimada y la noción perdida. Fui compañero de sala del Redondo, quien al parecer quedo peor que yo. Él de a tiro no había recobrado el conocimiento, no reaccionaba ni madres por el megamadrazo que se dio en la tatema. Tuvieron que operarlo y reconstruirle parte del cráneo con unas láminas de platino. Hubo desfile de médicos especialistas, enfermeras, curas, santos, amigos, familiares y autoridades judiciales. Escuchaba entre sueños y pequeñas vigilias que mi cuate estaba en Coma. A mí me cuestionaban sobre lo sucedido, me fusilaban con mil preguntas, haciéndome dudar o queriendo aclarar o dejar en el olvido el percance. De mi cuate el Flaco nadie mencionaba nada. Esperaba verlo tendido en alguna cama. Saber, si ya lo habían dado de alta o lo peor, si había muerto. Lo que podía recordar, se sumaba a la historia como pedazos de chorizo. Íbamos a bordo de un Safari descapotable rumbo a Cuisillos. Era martes, recibí la llamada del Redondo para hacerle un paro y llevar a su hermano el Flaco a dar un paseo fuera de la urbe bizarra de Guanatos. Cuántas veces lo planeamos al borde de una botella de tequila, ebrios y agüitados por la suerte de su carnal, herido gravemente después del choque contra una patrulla de tiras, una desgracia llena de tristura. Tenía más de año y medio tirado en la cama, sin poderse recuperar a causa de un chingo de lesiones, a mí y a otros cuates nos tocaba hacerla de enfermeros y avivarle la laira, hacerle más llevadera su condición de enfermo en terapia de rehabilitación. Informarle sobre lo que se sucedía en rededor del barrio y lo más importante suministrarle su dosis de droga, para los dolores que lo martirizaban, brindar con él con un rebote, un diazapan o una reina. Pasarse las horas en la plática, tallando la mesa con la baraja o el domino, luego despedirse para seguir la party, en cualquier otro lado. El día del paseo, llegó sin esperarlo. Tembló el teléfono. Eran, serían como las cinco sesenta de la madrugada, estaba crudo, aún pedormido. La voz del Redondo se escuchó del otro lado del alambre: Broder necesito un paro, hazme esquina, voy a ir a Cuisillos y quiero llevar al Flaco. Voy a ver a unos rancheros que traen una bronca con un ganado que se está tragando sus pastizales. Estos vales secuestraron cuatro vacas, para que el dueño se haga responsable, pero les salió el tiro por detrás, ahora están en el botellón por abigeato y pos tengo que ir a sacarlos”.
-“¿Y dónde entro yo, mi Redondo?”, acicate en la modorra.
-“Quiero que mientras veo la bronca legal, acompañes al Flaco para que no se aburra, ni se achicopale, ya sabes por mi cuenta corren las chelas y el refín”.
-“¿Y cómo a qui’oras hay que tenderse?”, inquirí con displicencia.
-“A las siete paso por tu cantón”.
-“¡No pos, yasta!”, asentí en buen plan.
Me incorporé de un salto gatuno y ya estaba vestido, así que nomás me eché un baño vaquero y listones de colores.
El Flaco -para hacer más detallado el cruento- traía una sonda por la que orinaba y un par de muletas con las que a duras penas se movía, aún con ayuda. Nos saludamos y abordé la nave. Le digo al Flaco, "ora sí se te va hacer ver monte, hierbazal y uno que otro güey". Me sonrió y me dijo con los ojos, que ya era tiempo de despegarse del camastro. En dos tres movimientos, ya habíamos adquirido unas birrias, tabacos y hasta botana para hacer más corto el viaje a Cuisillos, agarramos rumbo carretera a Vallarta. Llegamos al pueblo alrededor de las ocho ochenta, con un perral de escolta, el sol de frente y el aire dándonos la bienvenida en holandas de olores y sabores pueblerinos. Nos parkeamos en un corral, pegado a la casa de uno de los robaganado, salió una ñora, en bata de dormir, semitransparente, semiflotando en medio de un halo de moscas verdes y zumbonas, nos invitó a pasar y a desayunar huevos rancheros, chilaquiles and frijoles refritos, del chile de molcajete ni hablar, de las tortillas recién hechas a manopla, menos. Mientras fueron a dar aviso a don Felipe, y a los otros hombres; de que el aboganster ya estaba en el pueblo. Llegaron los rancheros bien armados con machete en mano y unos pomos de tequila, luego luego sin decir masque lo que ya sabíamos, sirvieron unos dedos de espíritu y saludamos, para no desairar. El Redondo muy en su papel de jurista, tramó junto con los amigos de los incautados la manera en que iba a proceder, por medio de un amparo, para exigir la inmediata libertad de los susodichos. Se marcharon convencidos y dispuestos a lo que fuera. El Flaco, don Felipe y yo nos quedamos a la espera, entonces se me multiplicaron las tareas, pos aparte de cuidar a mi compa lisiado tenía que velar por las boyas de agave, que habían dejado sobre la mesita de centro y chingarme todo el choro de don Felipe que hablaba nervioso y con coraje por el desmadre que había armado la clica vacuna, desde luego sin dejar de copetear los caballitos. Como a la mitad de la segunda botella llegaron los hombres con todo y los expresidiarios, El Redondo ya había ganado el primer tiro, ahora seguía denunciar al dueño de las reses, para que pagara la cerca que habían roto y el pastizal del cual habían degustado las señoras vacas. El pleito estaba café porque el propietario del rebaño vacuno era primo hermano del presidente municipal y pos no iba a estar fácil, edá? De modo que mientras acabábamos con el bastimento armaron una estrategia, para ganarle la bronca. Uno de los ex convictos no se cansaba de agradecer al abogado su liberación y se esmeraba en atenciones. Nos invitó a comer a su ranchito, nos sirvieron mole de guajolote and sopa de arroz. Cuando nos despedimos, el chuntaro se aferró a que el ‘Lic’ se trajera un marrano en agradecimiento.
-“¿Y dónde me lo llevo?”. Dijo, el abogado controvertido.
-“No se apure Licenciado, nosotros lo amarramos y se lo echamos atrás del carrito”, aseveró el mentado Hermenegildo. El redondo con la mirada buscó mi aprobación, preguntándome, si nos echábamos ese trompo a la uña, se me hizo fácil, yo ya estaba poseído por Mayahuel y antes que la duda me invadiera, oí que dijo: “va que se lo traigan”. El Cuatrero le gritó a uno de sus peones: “tráiganse al Azul”. Pinche puerco a simple vista, sin conocer de chanchos, calculé: ha de pesar como unos 120 kilos el cabrón. Mientras trataba de sopesar si eran 150 o más kilates, ya lo tenían amarrado de la cuatros pesuñas. Entre dos peones y un alfil lo carrucharon en el asiento de atrás, dejando un hueco donde yo iría custodiando al Azul. ¡Ya que!. Trepamos al Flaco con más cuidados que al cochino al safari, el Redondo se despidió, con la promesa de volver en tres días para continuar con el litigio. Ya abordo del auto agarramos viada para Guanatos, veníamos encandilados, semifusos y muy güirigüiris. El Flaco se sentía de pocas madres, le había sentado bien salir de su claustro, comentaba muy felipe y con tenis que eso era lo que necesitaba para sanar más rápido. El Redondo hacía cuentas alegres, hablaba de la suerte del Azul, sin darse color de que el puerco lo escuchaba con atención y sacado de onda. Yo estaba intentando no enfocar mi atención en ningún punto, era necesario lograr detener el dialogo interno. El Redondo no dejaba de alucinarse, menos se daba cuenta que Azul era el único que no compartía nuestra alegría. El Cuino iba muy incomodo, gritándome su inocencia. El Flaco miraba los azules grises que pardeaban el paisaje y gritaba que todo estaba chingón. Volteaba de vez en vez compartiendo un poco, no mucho, su preocupación por el marrano que se retorcía en su animalidad. Con señas le hacía el iris de que no había bronca, que todo estaba bajo control. Pero Azul no aceptaba su sino, era un cerdo con dignidad y su fuerza no menguaba, al contrario cada vez parecía que su porcandad se alteraba maldiciendo su condición denigrante. Me pareció que le interesaba una tregua, armar una mesa de dialogo, llegar a un convenio. Con sus ojos de puerco azul me pedía clemencia. Yo trataba de no caer en sentimentalismos, le daba palmaditas en la cabeza, para que no se agüitara. El Flaco empezó a tirar adrenalina, decía que el chancho se estaba desamarrando, sentía que si se desataba podría caerle encima. El redondo seguía sacando cuentas entre manteca, chicharrones, carnitas y curtidos. Yo seguía parando el dialogo interior y deteniendo el mundo, tratando de no enfocar ningún objetivo, que pudiera influir en mi importancia personal o moviera mi punto de encaje. Pero todo se vino en chinga. El Redondo grito: “¡agárrense!”. Del otro lado de la carretera, por el mismo carril que transitábamos venía un camión Flecha Amarilla, ¡a madres!, no había tiempo de detener la carcacha, el Redondo viró en centrípeta y se salió de la cinta asfáltica, el safari se sacudió bien culero, en una especie de vibrato tenso, sin dejar de girar, arrojándonos a una barranca, vidié en cinemascope nuestros cuerpos salir volando del safari, trate de quedarme suspendido en el aire, pensando que un segundo podría ser la eternidad, pero cero después de volar rodé, junto con el Safari, Azul y el Redondo. Al Flaco ya no lo miré. En el hospital tampoco lo he visto y nadie me pregunta por él. El Redondo, no ha regresado de su viaje a Coma-titlán.
Mi padre llegó por mí, con unos papeles en la mano y una bolsa de plástico con mi ropa. Pude caminar aunque me sentí mareado, navegue por los pasillos, deseando que me diera la luz del sol, el aire de la calle me abrió los pulmones. Nos subimos al auto, y le pregunte a mi jefe si sabía algo del Flaco, “nada”, me contestó. Le pedí que me llevara a su casa. En la cochera está el safari hecho un acordeón. Pasamos a la casa, el papá del Flaco y del Redondo estaba en la tristura, le pregunte por el Flaco, “nada, no sabemos nada” me dijo, ocultando su dolor. Nos despedimos, y antes de cruzar la puerta escuche un bramido de cerdo, era Azul, seguro me presintió, quise verlo. El papá de mis amigos me acompañó al patio, ahí estaba.
Tenía esa alucinante ternura en sus ojos claros.



miércoles, abril 01, 2020

EL GUAYABO DE DON RUTILIO



 Por debajo de la puerta dejaron un recado, un anónimo con letras recortadas del periódico y muy mala ortografía: “LO SE TODO IJO DE TU PUTaMaDRE, NO aBRa CoNPasION”. Era casi idéntico a los mensajes que le llegaban dos o tres veces por mes a don Rutilio pero esta ocasión, la mala ortografía, el hecho que no estuviera firmado por su señora y que se hayan tomado la molestia de mancharlo con sangre lo hacía diferente y misterioso. Lo que más lo confundía, incluso lo asustara, era una raya roja de sangre por debajo de las letras: “NO aBRa CONPasION”. De modo que a don Rutilio se le hizo puño el asterisco.
Lo primero que se le vino a la mente fue llamarle a Lola, la mujerzuela con la que le ponía el cuerno a doña Baudelia. Estaba hasta temblando de nervios, el teléfono timbró dos tres cuatro veces y nada. “Contesta por favor Lola”, reclamaba la voz interna del Don, pero  el teléfono seguía sonando.
– ¡Chingada madre!, ahora que hago, pinche Baudelia, ¿A que estará jugando, cada día está más loca, o ahora si será de verdad su amenaza?
Lola salió del baño y miró en la pantalla de su celular que tenía una llamada perdida. Carlitros, su amante, que estaba en la cama relajado viendo una película en la telera le mencionó:
 -Estaba timbrando tu teléfono amor, ha de ser el pinche viejo arrastrado, seguramente ya leyó el letrerito que le mande.
-¿Cuál letrerito?, no vayas a salir con una chingadera Carlos.
– Ja ja ja ja solamente, me estoy divirtiendo, un sustito al hijo de su pinche madre que se está cogiendo a mi vieja.
– Ja ja ja ja, idiota pero bien que te tragas todo lo que me da, ¿verdad? y ¿Qué tal la ropita?
-Déjame le saco un pedo, a la mera hasta suelta un billete.
-Déjate de pendejadas cabrón, le señalo Lola mientras se zafaba la toalla que traía enrollada en el cuerpo para dejar las tetas al aire, luego se agachó para secar sus pies poniéndole a Carlitos la flor enervante en los bigotes.
 – ¡Umm que rica y deliciosa te huele tu florecita amor!, le susurro al oído mientras la tomaba de la cintura para jalarla hasta la cama, cayeron en clavado creando una pirueta de 3.5 grados de dificultad, se besaron en el in pass volátil rosando sus sexos ardientes y deseosos, rodaron entre las sábanas hediondas y el colchón viejo hasta que Charly sintió  por enésima ocasión el filo del alambre de uno de los resortes calándole la nalga izquierda, pero en esta maldita ocasión si grito de dolor. Lola se sacó de onda y se levantó de un sólo tirón.
-¿Qué te pasó?
 -¿Qué me pasó?, pinche colchón ora si se vengó, se me enterró en el cachete izquierdo, dijo mientras se colocaba un pedazo de la sábana para detener la sangre.
El teléfono de Lola volvió a sonar. Le hizo la seña a Carlos de  que chitón para que se mantuviera cayado, no se fijó en la pantalla para ver quién llamaba, cuando contestó: –Bueno,  ¿Amorcito?, se llevó una sorpresa.
 -¿Amorcito? Hija de tu pinche madre, soy Baudelia, la esposa de Rutilio, ya sé que le estas sacando dinero a mi marido, vividora hija de la chingada, si te vuelves a meter con él te voy a matar.
Carlitos le decía en voz baja a Lola que le pidiera para un colchón nuevo, pero Lola estaba sacadísima de onda, no sabía que contestarle a la ruca, siempre la bateaba, sabia del juego y de alguna forma era considerada pero ahora la agarro fuera de lugar, y se quedó muda, volteaba a ver a Carlitos que con señas le decía que le pidiera varo y le señalaba el colchón y luego volteaba a verse la nalga rajada. Cuando Lola volvió en sí, Baudelia ya le había colgado. Y como para ella sola dijo: “Pinche vieja culera, ya me tiene hasta la madre” Luego miró a Carlitros y le comentó media desencajada, que era la vieja de Rutilio, me llamó para amenazarme otra vez, está bien locuaz, pero ya me harte de seguirle su desmadre.
-¡Pasumauser! ¿’ora que vamos hacer?, adiós al colchón, gruño Charlie.
-Me las va a pagar, pinche vieja loca, vas a ver.
Le marco a Rutilio.
-Bueno Lola, contestó el viejo, te llame porque algo anda mal, muy mal.
-Ruti necesitamos vernos, es urgente. 
–Si pero no vengas a mi despacho, algo está mal, hoy me llego un anónimo, pero estoy casi seguro de que no es de Baudelia, te veo en el Café La Rueda.
–Sí, en media hora, estaré allí.
Carlitos, se puso en la puerta del cuartucho para negarle el pasó a Lola y le dijo:
-Ya vas a ir a ver al ruco, ¡deja eso ya!, si la vieja está loca te puede chingar, una
vieja resentida es capaz de todo, lo mejor es que no vayas y ya mandes a ese pinche viejo decrepito a la verdolaga.
–Tú no tienes por qué meterte en mi vida, todo lo que hay aquí es mío, yo me lo he ganado con el sudor de mis nalgas, tu nomás eres mi querido, a la hora que yo quiera te mando a la chingada, así que mientras vivas aquí, la que manda soy yo padrotito, si no te late, ¡Pues como va! ¡A la chingada!
 A Carlitos le salió lo cabrón y por esta vez no quiso tragarse su orgullo, se hizo a un lado para que pasara la  morra que salió como chispa a encender el averno.
Rutilio tomó su bastón, se puso su sombrero de ala del 5 y tomó las llaves del auto. Salió de su casa rumbo al Varrio Xino.
Carlitos estaba enfurecido, echando sus pocas garras en una mochila de campamento, mientras arrojaba todo su encabronamiento y resentimiento contra su morra y el viejo. “Pinche par de ojetes ojala y se pudran en el puto infierno”. Ya que tenía su bulto preparado y estaba listo para salir, sacó una hoja 007 y empezó a madrear el colchón maldiciendo a diestra y siniestra, una vez que se hartó de perforar y rasgar el lecho de amor le vació una botella de thiner,  antes de salir del cuchitril le arrojó un cerillo para que ardiera todo el cuartucho de vecindad, aún      no llegaba a la puerta de la calle y las doñas que estaban en los lavaderos empezaron a gritar: “¡Fuego, fuego!, fuego” Carlitos alcanzó a echar un último vistazo mientras les rayaba su madre levantando el brazo y su corazón de caifán se le rasgaba por los ojitos.
En el café La Rueda don Rutilio le pedía a Lola que ya se olvidaran del amor. Él si se había encariñado, a su ñora ni la tocaba, tenían 20 años sin dormir en la misma habitación, si seguían juntos era por los hijos y la maldita costumbre convertida en esa manía a ultranza de doña Baudelia de divertirse a placer; asustando y desafanándole  las novias a su marido, una o dos, a veces tres por año, pero Lola se había estancado y además sabía que la mantenía a ella y a su amante, dos de sus hijos la tenían informada, de cuanto le daba, de donde y como se veían, todos sus movimientos los tenían visualizados. Con Lola no podían, era más fuerte que todos, decidida, sin nada que perder.
-Está bien Ruti, me iré lejos de ti pero dame medio millón, ya no quiero saber nada de ti ni de tus hijos, ni de tu mujer, estoy hasta la madre de sus juegos estúpidos, todos me llaman para que te cuide, que te de tu medicina, que le siga el juego a Baudelia, que esto, que aquello. Ya estoy hasta la madre, me voy a ir a vivir a otra ciudad.  Rutilio, sacó la chequera y firmó un cheque en blanco.
-Vete yo también estoy cansado, ponle la cantidad que quieras.
Timbró el teléfono de Lola, era doña Baudelia.
-¿Qué quiere?, vieja guanga.
-Ya sé dónde estás perra, estás con mi marido en…
-Doña Baudelia, salga de donde este, esto se acabó, yo me largo. Si no sale yo misma la voy a buscar y le voy a poner una chinga, estoy hasta la madre de su jueguito de celos, de adúlteros y señora resentida, esto se acabó.
La señora Baudelia salió de atrás del chino barista, tenía una pequeña pistola calibre 22, sus manos temblaban y se fue directo hacia Lola. Don Rutilio se levantó y la detuvo.
-Calma mujer, esto se acabó, Lola ya está cansada, déjala que se vaya.
La morra se paró de su asiento, todo el café se fastidio, los parroquianos se sacaron de onda con todo el teatro, Lola tomó su bolso y el cheque, salió huyendo. Don Rutilio les dijo a sus hijos que estaban entre el público observando el performance, que llevaran a su madre a casa.
El viejo espero que se fueran todos y pago la cuenta.
Mientras manejaba rumbo su cantón a don Rutilio se le nublaba la vista, sentía hormigueos en sus piernas y brazos, abría la boca como bacalao para jalar aire, sudaba en frío. En la mente se le dibuja con mucha claridad la imagen del Guayabo que está en el patio trasero de su residencia.

VIRGEN DEL BIROTE


Oh, rosa rústica, virgen tan virgen

que no has parido dios;

oh, estirpe de almidón tostado

que alimentó a Rimbaud sobre la nieve;

madre de los desamparados,

no fue tu cuerpo torta de tamal,

sino mollete de autor;

oh, tú, la que salió del fuego

con gesto amoroso,

reina de la cumbia celeste

en el Café La Rueda,

donde los locos llegan solos;

por ti lanzaremos gratis el último disco que grabaron

Ezra Pound y Jimmy Page

en contra de la vieja usura;

caminaremos al contrario,

hasta cambiar la órbita terrestre

y encontrar la dimensión

en la que declamas el poema negro;

oh, santa madrota de Guadalajara,

cuando viajes a lomo de gusano

y te salga incienso por los ojos,

llévanos electromagnéticos

al hongo, recuérdanos


Ramiro Lomelí (del libro cartonero Manifiesto Pata de Palo)

martes, marzo 31, 2020

TARDE DE SOLE



Dicen que el Roger brinca ebribody todo el tiempo de rosal en rosal, que arranca con todo y tallo los botones rojos, que las espinas se le encajan en las palmas de las manos y le rasgan la piel;  que le arde ojete y sangra, luego chupa las pequeñas heridas y el dolor merma una leve por sus ojos.
Dicen, que con un ramo de rosas rojas en la izquierda y en la diestra  una boya de espíritu mezcalero se menea como pez en la marea gris de la city, que trae en su coraza la ilusión de cotorrear con su jaina: “su nena punk” como él le dice.
Cuando la conoció, la morra se prendía machín en las tocadas de rock, se destrampaba en la danza, era de las pocas rucas que se aventaban el ritual en el “Casino Popu” con toda la banda creisy. Todos los domingos tocara quien tocara. El Saico fue quien se la presentó, le dijo acá en corto de carnales: “Vas a conocer una nenita bien linda pinche Roger”. Pero se quedó corto: aparte de chula estaba rebuenota y era bien chida. ¡Discutida!, eso debió haberle dicho. Y hasta ahí llegaron como compas porque el Roger mas trucha que el Saiquito se la langareó y  en calor le puso un faje alucinógeno que prendió machín a la ninfa rocanrolera y entonces empezaron a andar (así se dice, andar en las llecas de golfos, tirando chapopote, consiguiendo algún jalón, un baisa, cualquier cualquier, de barrio en barrio, para aliviane el espíritu y liberar la loquera del corral: “chivas no nos vamos a morir”, decían) y el Saico se tuvo que abrir con su toncho a otro terruño y a seguirle jalando el pescuezo al ganso. El Roger nel, él ya tiene su bistec y siempre anda trovo y con varo, sabe hacerla, tirar verbo, talonear para el vicio. Le gustaba alborotar el gallinero, después le llegaba con su morra y se iban a conseguir unas ruedas pa´viajar de ranas, algún Johny Winter, un alcoholibarius, de mínimo unas celias. Siempre bien armadillos. Los domingos era el día más alto, día de comulgar con la raza, netamente sagrados. Se levantaban muy tempra, entre crudos, pachecos y jarias, el borlo iniciaba en el Baratillo, el tianguis legendario de las chácharas, pulgas amaestradas, libros viejos sin leer, ropa de la segunda guerra, tercera y reversa, animales vivos en peligro de extensión, aso como presecados y en conserva, yerbas buenas y malas que sanan y matan, relojes, joyas de con Rober, piezas sueltas de autos, motos y rilas extraviadas en la madrugada, tortas ahogadas, birria, tacos de hígado, buche, chorizo en papas, aguas frescas de la llave, pulque, tejuino, tepache y nieve de garrafa entre gritos de los marchantes que no marchan y un coctel de aromas y música ambiental en cada cuadra: cumbias, sones, boleros, salsa, guaracha, rock, punchis punchis hasta Chente  y sus potrillos. La pura variedad ¡la pura sabrosura! De modo que el jolgorio estaba puesto y dispuesto para conseguir algodón de barbas o fiado, truequeado, recuperado, bisneado incluso hasta comprado para calmar la sed y esas ansias de bebérsela toda de un solo trago: escarchada, fría, raspándole el gaznate en cascada para degustar el suave y dulce cuerpo amargo, pero delicioso, sentado con los compas y su leidy en alguna banqueta de la street  38 esquina con la que hacha, con un racimo de botes, unos taquitos de chicharrón con guacamole y un chilito verde de amor. Tirando cábula, echando carro con la bandera para luego ir a retozar y echarse un shawer, ponerse la garra más placa, más facha, de frente y perfil y estar casi listo para pasar por la morra a su cantón. Ella bien chula con su cola de pato pintada de zorra y el fleco; copete en flor,  con su  tenientes vans y la garra bien ajustada, en sus lindos caicos un buty de rímel y delineador negros, sus labios negros, su alma llena de estoperoles y su corazón chanfainino rocanrolero.
La tarde surcaba la ciudad, la partía a raja tabla con su último filo de luz, el Roger ya estaba en la tienda de la esquina cheleando, tirando varrio esperando a su nena punk.
Ella viene ardiendo con la resolana como desencajada del paisaje urbanesco, de una sola pieza en alto relieve, en sus chorejas perforadas cuelgan un par de plumas de águila reina y en los audífonos escucha la rola Breaking The Law. Su aroma a pachuli perfuma el arrabal.
Antes de llegarle a la tocada encienden el flavio con la brasa del ocaso. La ciudad está bien pacheca, dormita como un lagarto, los corazones suenan al ritmo de Breaking The Law y Judas Priest.
Cuando caen al Popular ya está un bandón en el desequilibrio total, las bandas se discuten con sus mejores rolas y covers de dos tres grupos chingones, la flota destrampada armó la rueda y sacaron a flote todos los espíritus ancestrales (del bien y del mal). En la danza hubo roces y conatos de bronca; la pandilla de los zopilotes se enfrenta con los lagartos o al vesré, eso era de todos los domingos pero nunca pasaba de ahí, aunque, también es cierto, que no falta un gorgojo en los bincholes y no faltó el alucinado que prendió unos trapos con toncho y los arrojo a la banda que estaba en el túnel de salida, todos empezaron a correr, los ánimos se exaltaron, había apretujones y todos querían salir, era una turba a contra presión empujando. El Roger y su nena punk no se soltaban estaban enlazados de sus baisas, luego salieron a flote del hoyo pero en la lleca había banda dándose de chingadazos. La tira apañando a diestra y siniestra, era una redada. El Roger y su jaina sin soltarse empezaron a correr. A los que apañaban los subían a trocas y carros de la policía, a algunos los apaciguaron con dos tres macanazos y los metían a las trullas. El tráfico era un caos, los autos cantaban al compás de las sirenas junto con los gritos y los ayes de dolor, rifaba la anarquía.  Un cuico chancho se fue tras ellos y por quererla librar no se fijaron al cruzar la calle y  a la nena punk  la alcanzó un camión, se la llevó gacho, el Roger no la soltó de la mano y la morra lo jaló uno o dos  metros. Eso dijeron los que vieron.
El Roger estaba ido y alucinaba que miró el espíritu de su nena punk desprenderse del cuerpo y despedirse. No había manera de destrabarlos, las manos estaban atadas, hasta que lograron convencerlo de que tenía que soltarla para que se la llevara la ambulancia.
Los paramédicos exclamaron que la muerte fue instantánea. 
El Roger se tripeo, quedó juido, loco, zafado.
Dicen que su alma también se  desprendió de su cuerpo y se fue tras la de ella.
Que está vacío.
Dicen tantas cosas.

LA SINIESTRA



Lucha abrió la puerta del departamento, estaba desdibujada, borrosa incluso la sentí abatida.
-Pasa, pasa Gato, me convido a entrar y me pregunto en corto: -¿Buscas a Esteban?
Mi respuesta fue obvia: -Claro.
Esteban había quedado de pasar a mi casa para hablar sobre la venta de su departamento, como no llegó, pensé que se podía rajar y dejarme colgado de la brocha, preferí ir a buscarlo.
Le comenté a Lucha, y le pregunté: ¿qué pasaría con Esteban?, para sondear un poco.
-Salió temprano al trabajo, de que fuera a ir contigo no me dijo nada. Eso lo expresó como molesta, luego agregó ¿Quieres algo de beber? ¿Ya almorzaste?
-Ya desayune, te agradezco un vaso de agua, por favor. Volteé a verla y tenía ese tic tembloroso en la quijada. Oí el estruendo del cristal cuando se rompe.
Mientras me traía el agua mirujié el departamento, alucinándome con la compra y cubicando donde colocaría los muebles: la sala iba a ser mi estudio y uno de los cuartos el laboratorio; el taller de taxidermia para trabajar sobre el encogimiento de ciertos cadáveres de animales. En eso estaba cuando llamaron mi atención unas Manchas pequeñas de sangre en la pared muy cerca del zoclo, como un ligero riego, casi imperceptible. Seguí con la mirada a Lucha y estaba sirviendo el agua con una sola mano, le busque la otra, la izquierda; la tenía metida en la bolsa del abrigo.  Seguí observando el departamento y vi unos borrones de sanguacha en el piso, eran marcas muy sutiles, como si alguien las hubiera querido limpiar, el leve manchón llegaban a la recamara principal, donde iba a meter una ring size, pero la puerta estaba cerrada. Lucha acercó el vaso de agua y lo depositó en la mesa de centro. Se dio cuenta de mi falta de discreción y dijo parcamente:
-“La perrita anda en celo, ahora limpio”.
Apaño un trapo de la cocina y con una sola mano paso la jerga por encima hasta que desapareció la sangre. Me volteó a ver retadora como esperando alguna otra cuestión. Mientras yo pensaba ¿Cuál perrita?, nunca le han gustado los animales, ni disecados, me ahorre la pregunta.
Nos quedamos mirándonos un instante a los ojos, yo sabía que estaba en crisis porque sus labios temblaban sin control y no emitían palabras ni sonido alguno, tampoco parpadeaba, era como una efigie, aunque su cuerpo estaba en total descontrol. Temí que pudiera caer  en un ataque de nervios, tantos años bajo tratamiento psiquiátrico, había momentos en que se desconectaba por completo.
-Quieres sentarte, le dije señalando un sillón de la sala.
-No, contestó de modo cortante.
Se paró exactamente frente a mí, tome el vaso de agua y bebí, el agua estaba dulce, demasiado azucarada y fría. Baje el vaso a la mesita y le pedí que me dejara pasar al baño. No contestó pero entendí que podía hacerlo, tuve que bordearla, casi hacerla a un lado, empujarla un poco, estaba allí inmóvil como la Esfinge de Giza, pero trepidando con la mano izquierda en la bolsa del abrigo.
Antes de entrar al baño me di cuenta que la perilla estaba embarrada de sangre, al entrar y mirar el baño quise salir en chinga, pero soporte la repulsión; había sanguacha por todos lados. Ya ni orine, no hice nada, miré el lavamanos y estaba completamente teñido, respire profundo y salí fingiendo completa calma. Lucha seguía de una sola pieza sin dejar de temblar y haciendo ruido con los dientes.
-Creo que mejor me voy, le dije, luego busco a Esteban.
-Gato, me dijo en seco, tú sabes que yo no quiero que Esteban venda nuestro departamento, ¿Si lo sabes, no?
-No, no lo sé, no lo sabía, me tengo que ir Lucha, dije precipitado.
Se acercó para despedirse, yo abrí la puerta, ella extendió su mano, la izquierda, la que había mantenido en la bolsa del abrigo. 
Nos dijimos adiós.

domingo, marzo 29, 2020

POR ENÉSIMA VEZ



Después de deambular medio día por toda la Condesa buscando un cliente que ordeñar, el espectro de Isis, la puta más tierna, se detuvo en un teléfono público en la Alameda. El último veinte, ayer era la reina del tugurio: raspando la suela, bebiendo mezcal. Recargo su desvencijado cuerpo sobre la codera de la cabina, todo era un presagio, tomó entre sus dedos la moneda de metal y la depositó en la ranura del aparato mientras imploraba mascullando una oración: “Ojala me conteste, ojala me conteste él”. Timbró su corazón acelerado. Recordó lo que el brujo y tarotista de la mezcalería le había mostrado en la tele del Tarot. Una voz de mujer al otro lado de la línea la sacó de su atolondrada mismidad preguntándole:
-¿Quién es, quién habla, conteste? 
Isis se llevó el auricular al pecho, temblando la maldita cruda sintió los gritos retumbar sobre sus flácidas carnes y estallar en su tatema los insultos desaforados de la doña de su cliente:
-“…Hija de tu, chingas a tu re puta madre!
–Segura que es esa pinche puta ramera arrastrada que busca a tu padre, cuando nos dejará en paz ! Le gritaba a su engendro.
Un Joven veinteañero se detuvo frente a ella, la miro detalladamente, como cerciorándose de que lo que veía era neta. Apenas dos horas en la Ciudad de
México y ahí estaba la mujer que lo hizo pasar una tarde inolvidable de sexo,
sexo y más sexo.  
-¿Isis, eres Isis?, le preguntó, deseoso de que la respuesta fuera afirmativa.
Isis lo miró como queriendo reconocerlo, le dio una escaneada, luego se acercó, lo olfateó caninamente, cerró sus ojitos y contestó:
-Sí, soy Isis, ¿Tú quién eres?
-¿No te acuerdas de mí, soy Jesús, vamos a una cantina te invito una cerveza, un tequila, lo que quieras?
A la Dama le vidriaron las canicas, el corazón se le inflamó de gusto, buchaca y canoa se le hicieron agua fresca de manantial. Rolaron rumbo a Bucarellí, se metieron a una fonda, luego a un bar, después a una cantina, pidieron de comer y bebieron chelas, luego siguieron los rones y ya encaminados y encandilados cayeron rodando a una mezcalería, estaban hasta el tope, en el clímax del pedo. Jesús, insistente le volvió a preguntar:
-¿No te acuerdas de mí?, yo iba en el Metro, te vi por la estación de Balderas, allí en corto entre apretujones, nuestras miradas flashearon, se cruzaron, nos dijimos everytinks con los ojos, nos bajamos en Allende, te dije que traía varo, que andaba festejando mis 18 abriles y quería que fueras mí madrina, mi hada madrina. Nos metimos al cinco letras, tú estabas hermosa y cachonda; tu pantufla olía a versos, a dona recién hechecita, a rocío nocturnal. Yo, yo, yo era la primera vez; bebimos y cogimos toda la tarde, toda noche, prometí no enamorarme de ti porque yo amaba a mi novia, no te acuerdas, no te acuerdas de mí, fue hace dos años, dos años Isis, dos años que te pienso y que te sueño. Me regresé a Guanatos y no he podido olvidarte, creí que no volvería a verte jamás y mírame, aquí estoy otra vez.
-¿De veras Isis, no te acuerdas de mí?
Isis ya no pudo contestarle, cayó ebria sobre la mesa.
En ese momento llegaron los meseros saca borrachos con la cuenta en mano y le pidieron a Jesús con la cortesía diplomática de la ética cantinera que recogiera a su abuelita y se marcharan. No hubo manera de defenderse, los argumentos se habían desecho junto con los hielitos, de modo que pago y como pudo, apoyado por los pajes de Baco, salió de la mezcalería abrazado de Isis. Ya en la calle de López y el plenilunio de testigo Jesús reparó en que Isis, si estaba ruca, en la flor
de la senectud, plena como su gemela. Sin pensarlo la acarreó hasta una cabina
telefónica y la recargó ahí. Con mucha cautela y discreción se fue yendo despacito murmurando:
-Por enésima vez Isis ¿de veras, no te acuerdas de mí?

jueves, marzo 26, 2020

REPORTE NACIONAL






Para el compa Jeús ll




Deja de lo saico que estamos,  las barbaridades que hacemos

¡No hay memory!  

Nos han encerrado en museos y  pocos se exhiben en la calle

Hasta el Punk es pieza de Galería

Divertimos a los titiriteros que tanto odiamos

Nos atamos al presupuesto para seguir de locos,

destrampados del alma con la soga al cuello

Y seguramente así partiremos desclasados y sin estilo

!Zero style¡

Arrastrando los dentros  (por eso estoy chillando)  

Muchos compas ya se fueron a arder al otro varrio

Y los quedados ya no nos prendemos a la primera

Ni al primer resplandor del día como soles

Ahora pedimos para los cerillos

Yo te vi arder con el Solorio en la frente

Rojazo de ira, encabronado

Como Don Domingo

Si estuvieras aquí, dirían que eres artista

Yo me quede ciego, no veo nada, ni madres,

Me tropiezo, me pongo zancadilla y sigo a traspié con la borrasca de la beberecua

me hice el sordo y no llegué a ser héroe

Vivo bendito apagándome como  sol negro

Como muchos otros locos, que ahora viven de lapas

Sin dignidad, ni memory

Pero el dolor es el mismo de siempre

Ese estar solos y muertos, "¡todos solos y todos muertos!"

Removiendo la mierda seca con el dedo

Y tragando camote

La luminosidad es ceniza, ni a verde llega

Aunque no queramos verlo
Somos una pira triste

Y tú eras una hoguera carnal

¡Resplandeciente!

Los otros nosotros juidos sin cordura

Nunca nos compusimos

Zero refacciones y zero combustible

Prohibieron las Corcholatas, te echaron encima la feg, nos tumbaron el puente de la normal, hicieron un parqueadero del Parque Alcalde, ya no queda nada, ¡De la nada nada queda!

Y nadie se desobedece a si mismo para volverse un bonzo

Los amigos ya no ardemos,  nos cebamos como los juegos artificiales septembrinos

Ya no ardemos, nos convirtieron en los magos del fuego

En encendedores automáticos y cargamos  extintor por si las moscas

Para no quemarnos en el olvido

Ya no ardemos Carnalito

Ya no

Ya no

Chanfainino rockanrolero.


AMORIR


AMORIR 

Intempestiva, sin pensar en la frugalidad del avión, ahora fugaz en la memory.  Yacíamos después de haber consumido nuestros sabores. El aullar de unos canes me despertó, la baraña estaba tembleque, agria. Me había quedado dormido después de haber sido uno en esa caja de silencio lúgubre.  Habíamos brindando por el cumpleaños de Dionisia, festejamos su tercer aniversario. Para mí, Dionisia era la Dicha, el encuentro con su despertar sexual era mi fuga de la sociedad idiota. Su monomanía de sexo a morir me asfixiaba, me envolvía en la atmósfera psíquica del hedonismo. Su mundo aparte era maravilloso. La depravación que sólo existe en el recóndito inframundo del Ser, un pinche loco.  La noche que la conocí, una voz venida de la esquizofrenia me repetía “¿Quién será esa ninfa de ebria belleza que baila descalza? ¿A dónde volará todas las noches? ¿A qué olerá su flor amorosa?”. Me quedé despierto, acechando hasta que todos los desarrapados de espíritu que la acompañaban se fueron extinguiendo. El alcohol se agotó y le sugerí pasar por algún aguaje para conseguir más bebida espirituosa; me concedió la petición y algo más, volamos río abajo. Fui presa de sus pasiones, la lujuria de la ninfa me llevó a conocer el mundo de los viles, la subterráquea vida de los suburbios, el averno y sus delirios.
 6 
 No hubo alcoba perfumada, ni cama, petate o superficie algodonada, tampoco sábanas blancas ni cafecito en la mañana, sólo sexo y más sexo.  Delirio fue su pureza, hasta que pude huir de sus garfios de ninfómana.  Pasaron los días y hubo otro encuentro; me llevó a recorrer las llecas del alma. Noctívagos flotamos, bebiendo y atizando con la tripulación de la noche, el viaje fue oscuro y denso. Tuve que compartir con los buitres el amor de Dicha. Bajamos y subimos los días sin contarlos, el tiempo seguía su marcha al infinito. Miré el lastre de tantos inseres perdidos, hasta topar fondo, sin más voluntad que la locura o la muerte. ¡Salimos a flote!  La vida siguió su cauce y nos reencontramos en el río, Dicha seguía bailando descalza, su belleza era una silueta trastocada en las bardas de la urbe por los faros de los autos, sucedía vertiginosa en la oscuridad, como graffiti fugaz, como un tatús acicalando la piel de la city.  El carcomo de los años y el designio del alcohol ultrajaron a Dicha, su flor se fue marchitando y un día de agosto una ráfaga de muerte se la llevó. No hubo funeral, ni rezo, si acaso algún familiar pudo reconocer su fiambre y aquí la sembraron en esta fosa común.  Ayer festejamos su tercer aniversario y me dijo con sus hebras de voz, “vamos por algún veneno para el espíritu”.